JUSTICIA

Cae el “Gordo Adolfo” en Edoméx

La captura de Adolfo Ernesto “N”, alias el “Gordo Adolfo”, en el Estado de México, exhibe nuevamente el nivel de descomposición y permisividad que impera en el territorio nacional, un país donde los criminales extranjeros pueden ocultarse durante años bajo el cobijo de la indiferencia institucional y la corrupción que permea los tres niveles de gobierno, el presunto homicida de dos oficiales de policía en Perú en 2016 llegó a México ese mismo año y logró establecerse sin obstáculos en Nezahualcóyotl, uno de los municipios más poblados y violentos del país, donde vivió durante casi una década sin que ninguna autoridad lo detectara, pese a contar con ficha roja de la Interpol.

La Secretaría de Marina, en coordinación con la SSPC, la FGR y el Instituto Nacional de Migración, finalmente logró su detención, pero el hecho no puede presentarse como un logro aislado sino como la confirmación de un sistema migratorio y de seguridad incapaz de garantizar filtros eficaces ante la presencia de prófugos internacionales, la pregunta que queda en el aire es cómo fue posible que un objetivo prioritario para el gobierno peruano residiera en territorio mexiquense sin que nadie lo advirtiera, cómo pudo abrir cuentas, rentar inmuebles y moverse con libertad sin despertar sospechas, la respuesta es tan evidente como incómoda, México se ha convertido en un refugio cómodo para criminales extranjeros gracias a la negligencia institucional y a la red de complicidades que se nutre de sobornos, omisiones y favores políticos.

Mientras el gobierno presume coordinación interinstitucional y resultados “contundentes”, la realidad es que la captura del “Gordo Adolfo” es la excepción que confirma la regla, el país sigue siendo un terreno fértil para el crimen, con un sistema de justicia saturado, una frontera porosa y una burocracia que normaliza la ilegalidad, las detenciones espectaculares no borran los años de impunidad que permitieron su estancia ni restituyen la confianza perdida en las instituciones que deberían proteger a la ciudadanía.

El caso, más que un triunfo, es una advertencia, México se ha vuelto el escondite perfecto para los delincuentes del mundo y el espejo más nítido de su propia fragilidad institucional.

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