CAMBIANDO DE TEMA

El grito que el poder no quiere escuchar

Por Karina A. Rocha Priego

Y después de tantas promesas, tantos discursos, tantos recursos, pensábamos que este año sería diferente, resulta que no sólo no fue diferente, pues el enojo de las mujeres está más recrudecido, más visible, más difícil de ocultar bajo la retórica oficial que cada año intenta reducir el 8 de marzo a un evento simbólico, protocolario, casi decorativo, pero la realidad vuelve a estallar en las calles.

Miles de mujeres marcharon ayer domingo en varias ciudades del país, no como un acto festivo, sino como una expresión colectiva de hartazgo frente a una violencia que no disminuye, frente a una impunidad que se reproduce, frente a gobiernos que prefieren administrar la indignación antes que resolver las causas estructurales de la violencia; el mensaje es claro, el país no está cambiando al ritmo que exige la gravedad de la crisis y la paciencia se está agotando.

La marcha de las imperfectas

En los últimos años se ha intentado instalar una narrativa que busca deslegitimar el movimiento feminista a partir de una idea absurda, que las mujeres que marchan deberían ser moralmente impecables, que no deberían haber cometido errores, que deberían encarnar una especie de pureza ética para poder exigir justicia, nada más falso.

Las mujeres no marchan porque sean perfectas, marchan porque son humanas, porque tienen historia, porque tienen heridas, porque tienen memoria; no marchan para convertirse en santas, marchan para exigir derechos.

“Si has hablado mal de una amiga, si has sido amante, si alguna vez has juzgado a otra mujer, si te cae mal tu vecina”, repiten con sarcasmo quienes intentan descalificar la movilización, pero el 8M no es un concurso de moralidad, es un grito colectivo, un recordatorio de que durante generaciones las mujeres tuvieron que callar, aguantar, sobrevivir en silencio mientras el sistema les negaba justicia, protección y oportunidades. La marcha no exige perfección. ¡Exige dignidad!

La memoria que camina

Cada mujer que sale a marchar lo hace por una razón distinta, pero todas convergen en una misma exigencia, dejar de vivir con miedo.

Hay quienes marchan por su abuela, que nunca tuvo acceso a métodos anticonceptivos y cuya vida fue definida por decisiones tomadas por otros.

Hay quienes marchan por su madre, a quien no le permitieron divorciarse cuando levantó la voz o porque ha vivido violencia física, psicológica o sexual, porque el padre de sus hijos ejerce violencia vicaria.

Hay quienes marchan para que sus hijas vean en ellas un ejemplo de dignidad y hay quienes marchan por las que ya no están, por las desaparecidas, por las asesinadas, por las que nunca regresaron a casa.

En ese sentido, el 8M es también una marcha de memoria; cada pancarta, cada consigna, cada nombre escrito en cartulina recuerda que detrás de las estadísticas hay vidas truncadas y familias destrozadas.

El estado de las vallas

Mientras las mujeres avanzaban por las avenidas principales del país, el Estado volvió a responder como lo ha hecho en los últimos años, con vallas metálicas, operativos policiales y un despliegue institucional que parece más preocupado por proteger edificios que por proteger vidas.

La imagen se repite cada año, monumentos cu-biertos, palacios blindados, muros metálicos levantados frente a las sedes del poder.

Sí, es cierto. La destrucción ha sido parte de esas marchas feministas pero, entendamos, para el gobierno, el mensaje implícito es devastador, el patrimonio material importa más que la vida de las mujeres y esa lógica revela una incomodidad profunda del poder frente al movimiento feminista, porque el 8M no sólo denuncia la violencia machista, también cuestiona estructuras de poder, privilegios y complicidades que durante décadas permitieron que esa violencia se reprodujera sin consecuencias y las consecuencias se traducen en golpes, sangre y muerte.

Por eso incomoda, por eso se intenta desacreditar, por eso se minimiza.

El país que no cambia

A pesar de los discursos institucionales que hablan de igualdad, empoderamiento y perspectiva de género, la realidad sigue mostrando un país donde la violencia contra las mujeres continúa siendo una tragedia cotidiana, peor aún, las denuncias no siempre se investigan, las víctimas siguen enfrentando burocracias hostiles, las fiscalías se saturan de expedientes que pocas veces llegan a una sentencia y la impunidad se convierte en el terreno fértil donde la violencia vuelve a repetirse.

En ese contexto, el 8M no es una fecha simbólica, es un termómetro social que mide el nivel de frustración acumulada y lo que se vio este año es un enojo más profundo, más organizado, más consciente.

Porque las mujeres ya entendieron que los cambios reales no llegan por decreto ni por discursos en conferencias matutinas, llegan cuando la presión social obliga al poder a actuar.

Más lamentable aún, queridos lectores. Actualmente, México está gobernado “por una mujer”, al menos 13 de 31 estados están siendo liderados por una mujer y poco más de 560 mujeres son alcaldesas en algún municipio de país, lo que significa que en el mando político, cada vez hay más mujeres que, lastimosamente, tras haber probado las mieles del poder se han convertido en más de lo mismo.

La misma podredumbre de siempre, el mismo abuso, la misma prepotencia, impunidad, corrupción. Mujeres a las que se les ha olvidado que son mujeres, que pueden ser madres, hijas, tías o abuelas. Mujeres que ven en el dolor de las madres buscadoras, las marchistas, un “enemigo a vencer”, una denuncia que las ridiculiza, las exhibe, en lugar de ser ellas quienes encabecen estas marchas para demostrar al pueblo que “están con ellas, con las marchistas, las víctimas, las madres buscadoras”, pero no, no es así.

Para las mujeres servidoras publicas en México, vale más “su sueldito” que proteger a quienes significaron un voto a favor o que, el día de mañana, pueden llegar a ser parte de esta lista de víctimas olvidadas.

El grito que ya no se calla

Pero, quienes se incomodan al ver miles de mujeres en las calles, deberían preguntarse por qué ocurre, porque la protesta no surge de la nada, surge de la desigualdad, de la violencia, del abandono institucional.

El 8 de marzo no es un espectáculo, no es una postal urbana ni un ritual anual, simplemente es ¡una advertencia! de que el país no puede seguir ignorando una crisis que afecta a millones de mujeres, porque cada marcha es también un recordatorio de que el silencio se rompió y cuando el silencio se rompe, las sociedades cambian.

Tal vez por eso incomoda tanto ver a las mujeres marchar, porque el verdadero miedo de “los políticos y políticas” no es la protesta, es que las mujeres ya no están dispuestas a callar.

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