* La promesa quedó en el discurso……
Por Martha Romero
El aumento al impuesto a la gasolina y al diésel a partir de 2026 confirma lo que millones de automovilistas ya perciben desde hace años, la promesa del gobierno federal de tener una gasolina a diez pesos por litro quedó sepultada bajo decisiones fiscales, inflación y un discurso que nunca se tradujo en realidad cotidiana.
Este 22 de diciembre se publicó en el Diario Oficial de la Federación el acuerdo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público que actualiza las cuotas del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios, IEPS, un ajuste que entrará en vigor el 1 de enero de 2026 y que impactará de manera directa el precio final de los combustibles en todo el país, lejos de aliviar el bolsillo ciudadano, lo vuelve a presionar
Hacienda sostiene que no se trata de una decisión discrecional, sino de un mecanismo automático de actualización por inflación previsto en la Ley del IEPS, el factor de actualización será de 1.0379, equivalente a un incremento de 3.79 por ciento, calculado con base en la variación del Índice Nacional de Precios al Consumidor entre noviembre de 2024 y noviembre de 2025, un tecnicismo legal que poco consuela a quienes pagan cada semana más por llenar el tanque.
Con esta actualización, los automovilistas pagarán directamente un impuesto de 6.7001 pesos por litro de gasolina Magna, 5.6579 pesos por litro de gasolina Premium y 7.3634 pesos por litro de diésel, cifras que se cobran completas por cada litro vendido y que forman parte del precio final en las estaciones de servicio, a ello se suma la cuota de 5.6579 pesos por litro para combustibles no fósiles, ampliando el alcance del ajuste.
Estos números evidencian una contradicción profunda entre la narrativa política y la realidad fiscal, durante años se repitió como promesa emblemática que el precio de la gasolina bajaría hasta los diez pesos por litro, una oferta que se utilizó como bandera electoral y como símbolo de un cambio de modelo económico, hoy no solo no existe gasolina a ese precio, sino que el componente impositivo por sí solo se acerca peligrosamente a esa cifra.
Resulta imposible no preguntarse dónde quedó aquella promesa, el discurso oficial hablaba de terminar con los gasolinazos, de proteger la economía familiar y de recuperar la soberanía energética, sin embargo, el IEPS se mantiene como una de las principales fuentes de recaudación y se actualiza puntualmente cada año, incluso cuando el impacto social es evidente.
El argumento de que el impuesto se ajusta por inflación ignora un hecho central, los salarios no crecen al mismo ritmo, el transporte, los alimentos y los servicios dependen del precio del combustible, y cada incremento, por pequeño que se presente en términos técnicos, se multiplica en la economía diaria, afectando sobre todo a quienes menos tienen.
Además, el aumento al diésel golpea directamente al sector productivo, al transporte de mercancías y al campo, encareciendo costos que inevitablemente se trasladan al consumidor final, lo que contradice cualquier discurso de contención inflacionaria y apoyo a la economía popular.
Mientras tanto, la promesa de la gasolina barata permanece como un recuerdo incómodo, mencionado solo por críticos y ciudadanos frustrados, nunca más retomado con seriedad por las autoridades, el aumento al IEPS en 2026 no solo es una medida fiscal, es la confirmación de que aquel compromiso fue abandonado, y de que, una vez más, la distancia entre el discurso gubernamental y la realidad se paga en la bomba de gasolina, litro a litro.



