* Una crisis de distribución tiene al Estado de México paralizado: estaciones cerradas, filas interminables y una población que sufre los efectos de una cadena de suministro rota……
* Aunque el combustible existe, está retenido por conflictos internos de Pemex y una gestión gubernamental incapaz de dar respuestas claras. La abundancia prometida se convierte, una vez más, en una ilusión inalcanzable……
El Estado de México amaneció el día de ayer con un espectáculo digno de una serie de humor negro: gasolineras cerradas, filas kilométricas y ciudadanos revisando su marcador de combustible como si leyeran una sentencia.
Lo que parecía un problema pasajero se ha transformado en un síntoma grave de una enfermedad que Pemex y el gobierno federal no han querido diagnosticar con honestidad: una crisis de distribución provocada por conflictos laborales, deudas no saldadas y una preocupante negligencia institucional.
El espejismo de la autosuficiencia
Durante años, el discurso oficial ha promovido la autosuficiencia energética como un logro alcanzado, se construyeron nuevas refinerías, se habló de reservas y de soberanía nacional, pero hoy, ante el desabasto evidente, ese relato tambalea.
La gasolina no falta porque no se produzca, sino porque no llega a donde se necesita, el problema no es de escasez de producto, sino de parálisis operativa.
Los operadores de pipas han frenado sus actividades en protesta por pagos pendientes; jubilados y pensionados de Pemex han bloqueado la Terminal de Almacenamiento de Puerto Chiapas exigiendo la restitución de sus derechos.
Este cúmulo de conflictos internos ha tenido como primera víctima al ciudadano de a pie, que sufre los estragos de una cadena logística secuestrada por la burocracia y el desdén institucional.
Silencio que cuesta caro
Mientras tanto, la respuesta del gobierno ha sido tan vaga como frustrante, ya que la presidenta Claudia Sheinbaum ha reconocido el problema, pero sin ofrecer soluciones concretas ni plazos definidos.
La Secretaría de Energía y Pemex aseguran que “ya están trabajando en ello”, sin presentar un plan visible ni asumir responsabilidades claras. La estrategia, parece ser, dejar que el tiempo diluya la presión, mientras los automovilistas siguen atrapados en una rutina absurda de buscar combustible como si fuera un tesoro escondido.
Esta omisión es peligrosa, el silencio institucional no solo alimenta la incertidumbre, sino que también desmiente todo el aparato propagandístico que asegura que México tiene control sobre su energía.
El país no puede aspirar a un futuro de autonomía si ni siquiera puede garantizar el abasto en su principal zona metropolitana.
La gasolina que no rueda
El impacto de este desabasto va más allá del fastidio cotidiano, el transporte público se ve comprometido, los negocios locales enfrentan retrasos en sus entregas, y el comercio informal -tan vital en la economía del Estado de México- se tambalea; cada litro que no llega se convierte en horas perdidas, oportunidades anuladas y, por supuesto, pérdidas económicas.
Además, este fenómeno genera inflación: cuando el combustible escasea, los precios suben en cadena, desde los productos agrícolas hasta el transporte de mercancías, todo se encarece. Y el ciudadano, como siempre, paga los platos rotos de una mala administración pública.
Un lujo escondido
Lo más irónico es que la gasolina sí está, no hay una crisis de producción, ni sabotaje externo, el combustible está almacenado, detenido por una mezcla tóxica de mala gestión, falta de previsión y conflictos sin resolver; el país vive una paradoja: la abundancia inerte.
Tenemos gasolina, pero no acceso, una riqueza atrapada por un aparato estatal que parece más preocupado en negar el problema que en resolverlo.
Este desabasto es la manifestación tangible de una crisis más profunda: la falta de conducción, no en el sentido vehicular, sino en el de liderazgo y responsabilidad.
La gestión energética de Pemex se ha vuelto opaca, centralizada y reactiva, sin mecanismos eficaces de distribución, de poco sirve presumir reservas o capacidad de refinación.
Entre discursos vacíos y tanques secos
El Estado de México -al igual que la capital- depende de un flujo constante de combustible, hoy, interrumpirlo por disputas internas o deudas institucionales es una irresponsabilidad monumental.
El discurso oficial que promueve la abundancia y el control energético se ve desmentido por las filas interminables, las estaciones cerradas y los ciudadanos que madrugan para conseguir unos cuantos litros.
Lo más alarmante no es el desabasto, sino la normalización del mismo, la gente ya sabe que no habrá solución inmediata, que nadie dará una explicación completa y que las excusas reemplazarán a los resultados y, en este contexto, confiar en Pemex o en las autoridades energéticas se vuelve cada vez más difícil.
Entre el hartazgo y la incertidumbre
Esta crisis no solo pone en entredicho la operatividad de Pemex, sino que revela la fragilidad de toda una política energética construida sobre promesas, pero sin estructura.
La gasolina, ese recurso tan esencial como cotidiano, se ha vuelto un lujo inalcanzable, no por falta de recursos, sino por falta de voluntad y capacidad.
El gobierno debe entender que no se puede gobernar desde el silencio ni desde el “ya casi”, pues la ciudadanía exige soluciones concretas, rendición de cuentas y, sobre todo, respeto.
La escasez en el Estado de México no es un accidente ni un evento aislado, es el resultado lógico de un sistema que ha dejado de funcionar, donde el verdadero combustible que falta no es el hidrocarburo, sino la responsabilidad.



