LA REVELACION

Gerardo Fernández Noroña, eterno aspirante a todo y candidato a nada

Por Karina Rocha

En el circo político mexicano hay payasos profesionales y hay otros que, aunque nunca fueron contratados, se suben al escenario con tal de llamar la atención, ese es el caso de Gerardo Fernández Noroña, quien en los últimos días volvió a protagonizar un bochornoso espectáculo en el Senado de la República, mostrando, una vez más, que su intolerancia y su hambre de reflectores pesan mucho más que cualquier compromiso con la democracia o el pueblo que dice defender.

Porque Noroña, fiel a su estilo de bravucón de barrio, no discute, grita; no argumenta, empuja; no dialoga, impone, su conducta se ha convertido en un insulto al cargo que ostenta, cada sesión es su oportunidad para armar el sainete del día, lanzar insultos disfrazados de discursos encendidos y victimizarse cuando alguien se atreve a contestarle, en esa retórica de pobre mártir incomprendido que él mismo ha inventado, y que ni sus más cercanos se creen ya.

El problema no es que sea un opositor dentro del sistema, de esos hacen falta, el problema es que Noroña no es oposición, es oportunismo puro, es el manual vivo de cómo desafiar las reglas, no por convicción, sino por conveniencia, su meta no es transformar el país, es transformarse a sí mismo en la caricatura de un líder, un supuesto salvador que jamás podrá aspirar a ser presidente, aunque él insista en engañarse y engañar a unos cuantos ingenuos que todavía le aplauden.

Habría que recordarle que quien presume honestidad mientras cobra favores políticos, reparte abrazos selectivos y negocia silencios, no es más que un funcionario corrupto con disfraz de rebelde, que su paso por la política está marcado por el abuso de la tribuna, el chantaje y la manipulación de causas legítimas que él convierte en combustible para su ego desmedido, la intolerancia es su sello, la arrogancia su motor, y la mentira su bandera.

La escena reciente, en la que decidió cerrar una sesión con el Himno Nacional para evadir el debate, no es un gesto patriótico, es la burla más descarada al propio Senado, el equivalente a tapar la boca de la República con la excusa del nacionalismo barato, un acto digno de alguien que sabe que no tiene respuestas, que sus argumentos se diluyen frente a su ambición personal y que, al final del día, no es más que un farsante con fuero.

Fernández Noroña podrá seguir gritando, golpeando y exigiendo que lo vean, pero la realidad es contundente: jamás será candidato serio a la presidencia de México, porque en este país ya tenemos suficientes problemas como para entregarle las llaves a un personaje cuya única habilidad comprobada es hacer escándalo, un político que se alimenta de la confrontación, que vive del circo y que confunde los reflectores con poder real, en otras palabras, un bufón que jamás se convertirá en rey.

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