LA REVELACION

Infancia asesinada, justicia ausente

Por Karina Rocha

No puede haber acto más atroz ni muestra de descomposición social más repugnante que asesinar a un infante por una deuda económica, pues la sola idea de que una vida inocente se apague por “tres tristes pesos” es un reflejo del grado de barbarie al que hemos llegado como sociedad.

¿En qué momento normalizamos que los prestamistas improvisados -sin control, sin regulación, sin escrúpulo- se convirtieran en verdugos? ¿Cómo permitimos que se arrogasen el derecho de arrebatar vidas, como si un préstamo precario justificara la ejecución sumaria de un menor?.

En este país, donde la impunidad se pasea de la mano con la violencia, los asesinos de niños actúan con absoluta confianza en que nada les ocurrirá y, que conste, no es paranoia, es realidad, las autoridades mexicanas, en todos los niveles, se han tardado -y gravemente- en detener esta oleada de criminalidad que florece en la informalidad, la desesperación y el abandono estatal.Los llamados “prestamistas gota a gota”, muchos de ellos vinculados con redes criminales, operan con total libertad; acosan, amenazan, agreden, y cuando no se les paga a tiempo, matan.

Lo más indignante es que, incluso ante casos tan estremecedores como el asesinato de un menor, las reacciones oficiales apenas alcanzan a ser comunicados tibios o promesas vacías y la justicia mexicana, con su lentitud crónica, sigue demostrando que proteger a los más vulnerables no es una prioridad.

Urge aplicar castigos ejemplares, modificar las leyes si es necesario porque, cuando se asesina a un niño por dinero, no basta una condena simbólica ni una disculpa pública: se necesita una respuesta contundente y sin titubeos.

Cadena perpetua sería lo mínimo y si en México existiera la pena de muerte, este tipo de crímenes deberían encabezar la lista, porque ninguna deuda, por más grande que sea, puede justificar el asesinato, y menos aún de quienes representan el futuro de este país.Mientras no se tomen acciones firmes, cada niño asesinado seguirá siendo un recordatorio brutal de que México, hoy, sigue fallando en su deber más elemental: proteger la vida.

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