Por Efraín Morales Moreno
Las intensas lluvias registradas la tarde y noche de los días lunes y martes, volvieron a poner en evidencia la profunda vulnerabilidad en la que viven miles de personas en el municipio de Nezahualcóyotl, siendo en esta ocasión, la colonia El Vergel de Guadalupe la más afectada, donde el agua alcanzó más de un metro de profundidad, convirtiendo las calles en ríos de aguas negras y dejando a decenas de familias atrapadas entre el lodo, la desesperación y la indiferencia gubernamental.
Según testimonios de los propios vecinos, al menos quince calles permanecen completamente anegadas desde hace más de 24 horas, donde la situación no solo ha provocado pérdidas materiales considerables -muebles, electrodomésticos, ropa, documentos personales-, sino también un colapso emocional entre quienes, una vez más, ven sus hogares y esfuerzos de toda una vida arrasados por una tragedia que, aunque provocada por la naturaleza, ha sido alimentada por la negligencia institucional y la falta de planificación urbana.
El clamor de los afectados, acompañado de imágenes desgarradoras difundidas en redes sociales, no solo denuncia el abandono en el que viven, sino también la normalización de una tragedia que se repite año con año sin que las autoridades actúen de forma preventiva o estructural.
El gobierno municipal desplegó algunas cuadrillas para labores de desazolve y rebombeo, sin embargo, los esfuerzos han sido insuficientes, ya que el nivel del agua apenas ha disminuido desde la noche anterior y el temor entre los habitantes crece ante el pronóstico de más lluvias.
Las promesas de soluciones técnicas llegan tarde o nunca, para muchas familias, esa demora representa el desplazamiento forzoso, la pérdida total de sus bienes o el riesgo latente de enfermedades causadas por la exposición prolongada a aguas contaminadas.
La emergencia en El Vergel de Guadalupe no es un caso aislado, sino parte de un patrón que afecta a múltiples colonias del municipio cada temporada de lluvias y las causas son conocidas: drenaje obsoleto, infraestructura urbana deficiente, desarrollo habitacional descontrolado y, sobre todo, una escandalosa falta de inversión pública en obras hidráulicas.
A ello se suma la falta de coordinación efectiva entre los tres niveles de gobierno y una respuesta tardía ante eventos climáticos que son cada vez más extremos por el cambio climático.
En este contexto, resulta inaceptable que la ciudadanía tenga que recurrir a redes sociales o a los medios de comunicación para visibilizar su situación y pedir auxilio. ¿dónde están las políticas de prevención? ¿dónde están los planes de contingencia reales? ¿por qué siguen permitiéndose asentamientos en zonas claramente vulnerables? Y, ¿por qué las autoridades locales y estatales siguen reaccionando como si estas inundaciones fueran hechos aislados o impredecibles?.
La tragedia de Nezahualcóyotl también pone sobre la mesa una desigualdad estructural: mientras algunas zonas metropolitanas cuentan con sistemas de captación pluvial, estaciones de bombeo eficientes y obras de mitigación, otras -como esta colonia- son condenadas a vivir entre el agua sucia, la incertidumbre y el olvido, no es sólo una falla técnica: es una forma de violencia estructural que afecta, año tras año, a los sectores más pobres.
Si bien es cierto que fenómenos meteorológicos extremos son difíciles de controlar, lo que sí está al alcance de las autoridades es la capacidad de anticiparse, planificar y atender de forma digna y eficaz a la población, la emergencia climática exige otro tipo de gobernanza, una que no se limite a enviar bombas de agua cuando ya todo está perdido, sino que transforme la relación con el territorio y priorice el bienestar colectivo sobre los intereses políticos o económicos.
Hoy, Nezahualcóyotl no solo necesita maquinaria y bombas de agua, necesita voluntad política, inversión real en infraestructura y, sobre todo, empatía, porque detrás de cada casa inundada hay una historia, una familia, una vida.
Y porque no es aceptable que la ciudadanía tenga que gritar “Auxilio” cada vez que llueve.



