Por Karina Rocha
Claudia Sheinbaum Pardo, presidenta de México, ha salido a declarar que la economía del país “está bien”, en un intento más por sostener un discurso oficialista que contradice la realidad que vive la mayoría de los mexicanos.
En una declaración que raya en el desdén y la desconexión, la mandataria rechazó que México esté en riesgo de atravesar una crisis fiscal, luego de que el propio coordinador de Morena en la Cámara de Diputados, Ricardo Monreal, advirtiera que se prepara una reforma legislativa en materia económica para septiembre. ¿A qué juega el gobierno federal, cuando desde el mismo partido oficial surgen señales de alarma?
Decir que “todo va bien” mientras millones de mexicanos lidian con la inflación, la escasez de empleo digno, el desplome del poder adquisitivo y la falta de liquidez en los hogares, es un acto de negación política irresponsable.
Basta salir a las calles, recorrer los mercados, observar los precios de los productos básicos o simplemente hablar con trabajadores y empresarios, para constatar que la situación económica dista mucho del optimismo presidencial.
Las familias mexicanas viven al día, toda vez que el salario no alcanza, la informalidad crece y los jóvenes enfrentan un futuro sin certezas, mientras decenas de pequeñas y medianas empresas siguen cerrando por falta de incentivos, y mientras tanto, el gobierno se empeña en sostener elefantes blancos como el Tren Maya o Dos Bocas, que devoran presupuesto sin generar beneficios inmediatos para la población.
Peor aún, Sheinbaum insiste en que los egresos e iniciativas gubernamentales “no tienen problema alguno”, ignorando deliberadamente el déficit fiscal que se proyecta para el cierre del año.
La deuda pública crece, las reservas se ajustan y los recursos públicos están siendo utilizados a un ritmo insostenible, dejando una presión tremenda sobre las finanzas del próximo año.
El peligro de esta narrativa oficial es que se instala en la comodidad de la autocelebración, mientras se minimizan las señales de alerta y que conste, no se trata de sembrar miedo, sino de gobernar con responsabilidad, reconocer las fallas y proponer soluciones reales, porque fingir que todo marcha sobre ruedas, cuando el país transita por un camino lleno de baches económicos (y en calles y avenidas también), es una burla para quienes no tienen qué llevar a su mesa.
La presidenta parece haber heredado no solo el poder, sino también el guion: negar la crisis, prometer estabilidad y responsabilizar a otros, pero el tiempo del discurso se agota y el verdadero reto será gobernar con verdad, con decisiones valientes y con sensibilidad social porque, estarán ustedes de acuerdo en que, si el país “está bien”, ¿por qué hay tanta gente sobreviviendo en vez de vivir?.



