CULTURA

La transformación de las obsesiones humanas en arte

Penes flácidos, pechos grandes, bocas con forma de vagina, masturbación y fetichismos. El desasosiego que emana de los cuadros de Salvador Dalí (1904-1989) encontró refugio y explicación en las teorías del padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, como analiza una exposición en Viena presentada hoy.

Bajo el título “Dalí-Freud: una obsesión”, la Galería Belvedere de Viena muestra a partir de mañana un centenar de objetos, entre cuadros, fotografías, escritos, esculturas y películas, que examinan la influencia de Freud en la creación de Dalí.

“Hemos planteado la exposición como un viaje desde la infancia de Dalí, cuando surgen sus problemas y frustraciones, hasta su encuentro con Freud en 1938”, explica a Efe Jaime Brihuega, comisario de la exposición y profesor emérito de Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid.

La exposición, que puede visitarse desde mañana hasta el 29 de mayo, será inaugurada oficialmente el 31 de enero en Viena por los reyes de España, Felipe VI y Letizia.

Un total de 36 piezas originales de Dalí, películas de Luis Buñuel, 15 obras de Federico García Lorca, dibujos histológicos de Santiago Ramón y Cajal y esbozos del propio Sigmund Freud acercan a los visitantes a la vida del artista español.

La muestra recorre la infancia del artista y su paso por la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde surgió su “adulación obsesiva” hacia Freud tras conocer el psicoanálisis.

“Dalí lo lee y cree encontrar en él un justificante teórico de todo lo que siente. Freud legitima su personalidad y le abre la puerta a nuevas producciones”, declara Brihuega.

Sin embargo, el genio catalán no pintaba aquello que el analista relacionaba con los sueños sino que, según Brihuega, “Freud le legitimó para transformar sus propias obsesiones en imágenes”.

Estas obsesiones, que se enmarcan en la extravagancia y la morbosidad de la obra de Dalí, sólo pueden ser entendidas desde los planteamientos del psicoanálisis, con aquello que escondía el pintor en su subconsciente.

“La interpretación de los sueños” (1899) de Freud, junto al movimiento surrealista, ofrecieron a Dalí un espacio donde trasladar la psique humana al arte, donde exteriorizar sus recuerdos, frustraciones y deseos ocultos.

Así lo exhibe “El juego lúgubre” (1929), que se muestra al público por primera vez en 20 años. 

“Es la obra maestra de cómo Dalí cree que Freud le permite contar sus obsesiones: la masturbación, el no tener clara su orientación sexual, el dolor unido al amor, el furor sexual, la coprofilia o el miedo a la flacidez del pene”, sostiene Brihuega.

Los traumas sexuales, como el pequeño tamaño de su pene o su amor desdichado con Lorca, apenaron a Dalí durante años.

Según el comisario de la muestra, Freud abrió la puerta que permitió a Dalí ver que sus tormentos eran obsesiones comunes.

En estado de liberación y en un intento por acercarse a la creación del psicoanalista austríaco, Dalí redactó “El método paranoico-crítico”, en el que defiende la transformación y subversión de la realidad.

Sin embargo, este interés por la obra de Freud no es compartido por el psicoanalista, que concebía el surrealismo como “una cosa de locos”.

“Me tienen de musa, pero yo veo más cosas en el arte clásico que en ellos”, llegó a decir Freud, según explica Brihuega.

Hablaban un idioma diferente, les separaban cuarenta años de edad y tenían dos posturas artísticas opuestas, pero nada de ello impidió que Dalí se obsesionara con Freud.

Aunque esta fascinación no era mutua, Dalí estaba decidido a conocer a su referente, y lo intentó en un viaje a Viena en 1937.

No logró verlo, pero se cree que en una visita a su consulta vio el bronce romano que representa una mano sosteniendo un huevo, en el que se inspiró para pintar ese año “La metamorfosis de Narciso”.

Gracias a la mediación del novelista austríaco Stefan Zweig y al poeta británico Edward James, el padre del psicoanálisis y el genio del surrealismo se reunieron finalmente en Londres en 1938, adonde Freud se había exiliado huyendo de la persecución nazi.

Con gran nerviosismo, Dalí llegó a la casa de Freud con la esperanza de que leyera sus textos y le diese su bendición.

Sin embargo, Freud se interesó más por el “temperamento fanático” del pintor y por “La metamorfosis de Narciso” (1937), que el pintor llevó a la reunión.

Aunque Freud, que murió al año siguiente, nunca cambió de opinión sobre el surrealismo, su obra sí continuó marcando la trayectoria artística de Dalí. 

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