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Miedo en Edoméx

* La percepción de inseguridad sigue disparada en municipios mexiquenses, mientras autoridades presumen cifras que la ciudadanía simplemente no cree……

La inseguridad en el Estado de México se ha convertido en un problema que rebasa discursos oficiales y estadísticas gubernamentales, porque mientras las autoridades aseguran que varios delitos han disminuido, millones de ciudadanos continúan viviendo con miedo, desconfianza y la sensación permanente de que la delincuencia domina las calles.

El problema ha llegado, incluso, a la agenda del gobierno federal, encabezado por Clau-dia Sheinbaum, quien convocó recientemente a decenas de alcaldes del país para revisar la situación de seguridad en el llamado Plan In-tegral de la Zona Oriente, una de las regiones más pobladas y golpeadas por la violencia en el país.

Sin embargo, más allá de reuniones y discursos oficiales, la percepción ciudadana sigue mo-viéndose en sentido contrario a las cifras que presumen las autoridades.

Cifras oficiales contra realidad cotidiana

Desde el discurso gubernamental se insiste en que delitos como homicidio doloso, robo de vehículos, extorsión y robos a casa habitación o negocios han disminuido, números que en papel pueden presentarse como avances en materia de seguridad.

Pero la experiencia diaria de la población cuenta otra historia, asaltos en transporte público, robos en la vía pública, extorsiones telefónicas y presencia de grupos delictivos siguen formando parte del paisaje cotidiano en numerosos municipios mexiquenses.

La inseguridad no solo se mide en estadísticas, también se mide en la sensación de vulnerabilidad que enfrenta cualquier ciudadano cuando sale a la calle.

Municipios atrapados en el miedo

En varias ciudades del Estado de México la percepción de inseguridad se mantiene entre las más altas del país, con porcentajes que en algunos casos superan el 80 por ciento de la población adulta que considera peligroso vivir en su propia ciudad.

Municipios como Ecatepec, Chimalhuacán, Tlalnepantla, Cuautitlán Izcalli, Toluca, Naucalpan y Nezahualcóyotl reflejan la magnitud del problema, donde una gran mayoría de habitantes considera que la violencia y el delito forman parte de la vida cotidiana.

Estas cifras muestran un fenómeno preocupante, en algunas de estas ciudades ocho de cada diez personas creen que pueden ser víctimas de un delito en cualquier momento.

Gobiernos municipales rebasados

La crítica más recurrente entre ciudadanos es la falta de estrategias claras por parte de los gobiernos municipales para enfrentar la delincuencia.

Vecinos denuncian robos constantes en transporte público, asaltos a peatones, pre-sencia de motociclistas utilizados para cometer delitos y extorsiones que operan con una sensación de impunidad que parece no tener freno.

En municipios del Valle de México, la modalidad de asaltos cometidos por delincuentes en motocicleta se ha vuelto cada vez más común, generando temor entre peatones y usuarios del transporte público.

El problema es que muchas autoridades locales se limitan a reconocer el fenómeno sin presentar acciones contundentes para frenarlo.

Crisis de credibilidad en seguridad

El contraste entre cifras oficiales y percepción ciudadana ha generado una profunda crisis de credibilidad en materia de seguridad pública.

Mientras los gobiernos hablan de avances, la población observa videos de asaltos, ataques armados y actos de violencia que circulan diariamente en redes sociales, alimentando una sensación constante de peligro.

El resultado es un clima de desconfianza hacia las instituciones encargadas de garantizar la seguridad.

El verdadero reto político

Cambiar la percepción de inseguridad no depende únicamente de reuniones entre au-toridades o anuncios de operativos, requiere resultados visibles, reducción real de delitos y estrategias eficaces que logren devolver tranquilidad a las calles y, mientras eso no ocurra, el miedo seguirá dominando el ánimo social.

En el Estado de México el problema ya no es solo la violencia, el problema es que millones de ciudadanos han dejado de creer que el gobierno tiene la capacidad real de detenerla.

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