El fantasma del desabasto de gasolina volvió a recorrer la capital del país y la zona conurbada. Petróleos Mexicanos (Pemex) reconoció afectaciones temporales en la distribución de combustible en la Ciudad de México, en municipios del Estado de México y particularmente en zonas de alta densidad poblacional como Ecatepec, Nezahualcóyotl y Texcoco.
La empresa productiva del Estado explicó que las fallas se deben, supuestamente, a trabajos de mantenimiento en las unidades de transporte y a la reducción temporal de autotanques disponibles.
A través de una tarjeta informativa, Pemex aseguró que se han puesto en marcha “acciones inmediatas” para reforzar el suministro, entre ellas la incorporación de nuevas unidades de reparto que, según su promesa, permitirán normalizar la operación en las próximas horas.
Sin embargo, la confirmación de la petrolera no pasó inadvertida, pues llega a casi seis años de la crisis de abasto de 2019, cuando la estrategia del gobierno federal contra el robo de combustibles -conocido como huachicoleo- generó un colapso logístico que derivó en kilométricas filas de automovilistas desesperados frente a las gasolineras de varias entidades del país.
El recuerdo sigue fresco, y la sola mención de “afectaciones temporales” despierta preocupación y sospechas entre consumidores que no olvidan lo que ocurrió entonces.
En municipios del oriente mexiquense, algunos usuarios ya reportaron retrasos en el suministro y tiempos de espera más prolongados para cargar gasolina.
Aunque la situación no se ha generalizado a toda la zona metropolitana, el malestar comienza a crecer ante la posibilidad de que la narrativa oficial de “afectaciones menores” termine convirtiéndose en otra crisis de mayor alcance.
Analistas del sector energético han señalado que el problema de fondo va más allá de un mantenimiento rutinario, la dependencia excesiva de Pemex en sus propias unidades de transporte, la falta de inversión en infraestructura de almacenamiento y distribución, así como la carencia de planes de contingencia sólidos, colocan al país en una situación de vulnerabilidad recurrente, basta con una falla operativa o con un ajuste logístico para que regiones enteras resientan la escasez.
Mientras Pemex intenta transmitir calma, lo cierto es que la ciudadanía enfrenta nuevamente la incertidumbre, el desabasto, aunque sea temporal, impacta en la movilidad, la economía cotidiana y el ánimo social, especialmente en una megalópolis donde millones dependen del automóvil para trasladarse y, aunque las autoridades insisten en que la normalización será rápida, lo cierto es que la confianza ya está resquebrajada: los mexicanos saben que, en materia de gasolina, una pequeña chispa basta para encender una crisis mayor.



