* Descarrilamiento en Oaxaca, desnuda un modelo político que convirtió la ingeniería en propaganda y la seguridad en sacrificio……
Por Karina A. Rocha Priego
La tragedia ferroviaria ocurrida en Oaxaca no es un accidente aislado ni un hecho fortuito, es el reflejo brutal de un modelo de gobierno que privilegia la propaganda sobre la seguridad, la prisa política sobre la ingeniería y el discurso ideológico sobre la vida humana, el descarrilamiento del Tren Interoceánico con saldo de 14 personas muertas y más de cien lesionadas obliga a formular una pregunta incómoda, pero necesaria: estamos frente a simples errores humanos o ante crímenes de Estado disfrazados de fatalidades, porque cuando un tren se sale de la vía y deja cadáveres, la falla deja de ser técnica y se vuelve política.
Velocidad y omisiones
De acuerdo con testimonios de pasajeros, el convoy viajaba a exceso de velocidad y tomó una curva de manera imprudente, la locomotora se salió de la vía y terminó en un barranco tras avanzar varios metros sin control, a esta versión se suma el posible mal estado de las vías, lo que apunta a una combinación letal, infraestructura deficiente y operación irresponsable, advertencias previas ignoradas, protocolos relajados y una cadena de decisiones que priorizó cumplir agendas sobre cuidar vidas, nadie acelera un tren sin permiso tácito, nadie opera vías frágiles sin una orden implícita, la omisión también mata.
Aquí no se trata sólo de cifras, detrás de cada número hay familias destrozadas y comunidades que pierden la confianza en un sistema que se les prometió seguro y moderno, el encuadre oficial intenta reducir el hecho a un incidente lamentable casi inevitable, pero los trenes no se descarrilan solos, algo o alguien falla, y cuando hay muertos la explicación fácil es una forma de encubrimiento, la responsabilidad pública no admite eufemismos.
Ideología como cortina
Resulta indignante que, en lugar de asumir responsabilidades, figuras del oficialismo opten por envenenar el debate público, insinuando que el accidente podría ser sabotaje de la derecha, una conspiración para dañar la imagen del régimen, esta narrativa no sólo es absurda, es una falta de respeto a las víctimas y una estrategia burda para desviar la atención, convertir la tragedia en pleito ideológico es la vía más cómoda para eludir responsabilidades.
Cuando un tren se descarrila por exceso de velocidad o por malas vías, no hay complot que valga, hay negligencia, hay omisiones y hay decisiones mal tomadas, la insistencia en culpar enemigos imaginarios revela el miedo a que se investigue a fondo, porque una investigación real no se detiene en el operador, sube por la cadena de mando y toca despachos, contratos y autorizaciones, eso es lo que incomoda.
Obras estrella fallidas
El Tren Interoceánico, al igual que el Tren Maya, fue presentado como símbolo del nuevo México, proyectos estrella del sexenio anterior que prometían desarrollo, empleo y modernidad, la idea en sí no es mala, un tren puede detonar regiones olvidadas y fortalecer el turismo y la economía local, el problema no es el tren, es cómo se hizo.
Diseño deficiente, construcción acelerada, materiales de dudosa calidad, señalización incompleta y equipos que no cumplen estándares internacionales, cuando las obras se conciben como banderas políticas y no como proyectos de ingeniería, el resultado es previsible, fallas estructurales que tarde o temprano cobran vidas.
Es más, en redes sociales circulan audios donde presuntos empresarios relatan, con cinismo, cómo lograron aprobaciones sin cumplir especificaciones técnicas, si estas grabaciones resultan auténticas, el escándalo es mayúsculo, la vida de los usuarios sacrificada en el altar de contratos y compadrazgos.
Responsabilidad y castigo
El ejemplo del tren “Chepe” es revelador, desde 1961 recorre la Sierra Tarahumara sin propaganda oficial, con décadas de operación y sin los accidentes mortales que hoy manchan a los trenes del obradorismo, la diferencia no está en la tecnología, está en la seriedad, en el respeto a la ingeniería y en la ausencia de improvisación.
Mientras el “Chepe” es orgullo nacional, los trenes modernos del régimen 4T se han convertido en símbolos de descarrilamiento, pérdidas humanas y daños millonarios, no es mala suerte, es mala gestión, es corrupción institucionalizada y es desprecio por la seguridad.
La presidenta Claudia Sheinbaum tiene hoy una responsabilidad histórica, ordenar una investigación real, profunda y sin simulaciones, no basta prometer que no habrá impunidad, se requiere revisar desde el diseño hasta la operación, identificar responsables, sancionar a constructores, funcionarios y operadores si corresponde y romper con la costumbre de encubrir a los propios, porque cuando el Estado impulsa una obra, la presume, la inaugura y la pone en marcha sin garantizar su seguridad, el Estado carga con las consecuencias.
Las muertes del Tren Interoceánico no pueden archivarse como estadísticas, son una acusación directa a un modelo que confundió transformación con improvisación, hoy la pregunta no es si hubo sabotaje, la pregunta es ¿cuántas advertencias fueron ignoradas, cuántos informes técnicos se minimizaron y cuántos intereses pesaron más que la vida de los pasajeros?, mientras esas respuestas no lleguen, cada tren que circule será una ruleta rusa y cada discurso triunfalista una burla para las víctimas, los trenes pueden ser motores de desarrollo o vagones de tragedia.
En México, por decisión política, se optó por lo segundo, y esa elección tiene nombres, cargos y responsabilidades que ya no pueden esconderse.



