CONTRAPENDIENTE

Secuestro carretero en México

Por Karina Libien

La nueva política del campo

Los bloqueos del llamado paro agrícola comenzaron el 27 de octubre y llevan días afectando a miles de mexicanos en más de una decena de estados, la causa es exigir mejores precios y apoyos al campo, el método es tomar carreteras, impedir el paso, frenar transportes, quebrar la rutina y el ingreso de quienes nada tienen que ver, eso no es protesta, es extorsión.

La protesta, convertida en castigo

Los dirigentes campesinos no bloquearon el Palacio Nacional, ni las oficinas de la Secretaría de Agricultura ni las sedes de los gobiernos estatales, bloquearon a la gente, a los ciudadanos comunes que nada tienen que ver con la disputa presupuestal, saben que es más fácil usar al ciudadano como escudo que enfrentar al poder directamente, presionan al inocente para que el gobierno responda, es chantaje público disfrazado de lucha social.

La inconformidad del campo tiene causas legítimas, eso es innegable, los precios de garantía son insuficientes, los apoyos se han reducido, la política agroalimentaria del país está en crisis, pero los métodos elegidos por sus líderes convierten una demanda justa en una agresión social, la carretera se ha vuelto el nuevo campo de batalla, y el ciudadano, la víctima colateral de una política sin rumbo.

Mientras los tractores y los camiones se atraviesan en las autopistas, la vida económica se detiene, los transportistas pierden miles de pesos, los comerciantes no pueden mover sus mercancías, los trabajadores llegan tarde o simplemente no llegan, los enfermos no alcanzan hospitales, los turistas cancelan sus planes, y el país entero se atasca en la soberbia de unos cuantos.

Un Estado ausente y un gobierno observador

La Secretaría de Agricultura, encabezada por Julio Berdegué, mira de lejos, Gobernación instala mesas de diálogo que no resuelven nada, la Guardia Nacional observa, los gobernadores se deslindan, y desde Palacio Nacional la presidenta Claudia Sheinbaum afirma que hay grupos buscando provocar represión para victimizarse, tal vez tenga razón, pero el resultado práctico es otro, un gobierno que permite que la sociedad pague el costo del conflicto.

El argumento de no reprimir para evitar confrontaciones suena noble en el discurso, pero en la realidad se traduce en impunidad, porque cuando el Estado renuncia a imponer el orden, cede la autoridad a quien tenga la capacidad de bloquear una carretera, el mensaje es peligroso, en México no gobierna quien tiene legitimidad democrática, sino quien tiene capacidad de chantaje.

La pasividad institucional se disfraza de prudencia, pero es miedo político, miedo a perder apoyo electoral, miedo a aparecer en un video reprimiendo, miedo a decidir, un país no se puede gobernar a base de temores ni de tolerancia selectiva, porque esa indulgencia termina por devorarlo todo.

El secuestro como herramienta política

Si tu táctica para negociar es paralizar al país, no eres defensor del campo, eres extorsionador, si tu estrategia es secuestrar la movilidad de millones para conseguir dinero y beneficios, no eres luchador social, eres operador político con métodos abusivos, si tu fuerza descansa en dañar al que no te debe nada, no estás peleando por justicia, estás abusando del pueblo para presionar al gobierno.

Piden dignidad para el campo mientras humillan al ciudadano, exigen respeto mientras atropellan el derecho a circular y trabajar, hablan de soberanía, pero dependen del caos para ser escuchados, una causa social no se defiende lastimando a la sociedad, porque cuando una lucha se sostiene en la violencia simbólica contra los demás, pierde su legitimidad moral.

Prometer dejar al país sin maíz es amenaza, no cumplirlo y aún así castigar a la población es cobardía, si su lucha fuera tan legítima como dicen, la llevarían frente a quienes toman decisiones, no frente a quienes sólo quieren llegar a casa, la historia de México conoce de sobra el poder de las protestas, pero también el costo de la impunidad disfrazada de causa popular.

El hartazgo nacional

El mensaje es simple, el gobierno observa, los líderes negocian y el pueblo sufre, y así, el campo no avanza, la política tampoco, lo único que crece es el hartazgo, un país cansado de la simulación, donde la protesta se convierte en espectáculo y la autoridad en espectadora, donde los de arriba negocian y los de abajo cargan con las consecuencias.

El campo necesita apoyo real, inversión, crédito, infraestructura y visión de futuro, no bloqueos ni discursos, necesita política pública, no política de chantaje, mientras el gobierno siga negociando con quienes paralizan al país en lugar de atender a quienes lo trabajan, el resultado será el mismo, un México atrapado en su propia parálisis.

El campo se defiende con trabajo, no con carreteras cerradas, se fortalece con producción, no con amenazas, se dignifica con justicia, no con secuestro carretero, mientras la autoridad mire hacia otro lado y los líderes prefieran el conflicto a la propuesta, el único cultivo que seguirá creciendo en México será el del hartazgo social, fértil y profundo, listo para estallar cuando la paciencia se agote definitivamente.

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