CAMBIANDO DE TEMA

Solidaridad hipócrita, miseria ignorada

Por Karina A. Rocha Priego

Solidaridad que no paga la cuenta

Hay discursos que se repiten tanto, que terminan convertidos en dogma, aunque la realidad los desmienta a cada paso, y el caso del respaldo de Claudia Sheinbaum a Cuba es uno de ellos, porque mientras desde el poder se insiste en hablar de solidaridad, lo que se evita, cuidadosamente, es hablar de responsabilidad, y ahí es donde comienza la incomodidad, porque reconocer quién ha llevado al pueblo cubano a la precariedad implicaría decir lo que el discurso oficial no quiere admitir.

Narrativa conveniente

En los últimos días, la presidenta ha sido clara, México debe ayudar a Cuba, México debe ser solidario, México no puede “abandonar” a un pueblo que sufre, una postura que suena noble hasta que se le rasca un poco, porque lo que nunca se menciona con la misma claridad, es que esa precariedad no nació de la nada, ni cayó del cielo, ni es únicamente consecuencia de factores externos, sino del propio sistema político cubano, encabezado hoy por Miguel Díaz-Canel.

Pero aceptar eso rompería la narrativa, así que es más sencillo culpar al embargo, a las sanciones, al contexto internacional, cualquier cosa menos al modelo que, durante décadas, ha concentrado poder, limitado libertades y privilegiado a una élite que vive muy lejos de la escasez que padece el resto de la población.

Socialismo que no se cuestiona

Porque sí, el problema incómodo tiene nombre: socialismo mal gestionado, socialismo sin contrapesos, socialismo que promete igualdad, pero reparte carencias, un sistema donde la cúpula gobierna y el pueblo resiste, donde las decisiones no se traducen en bienestar, sino en control, y donde la precariedad se vuelve parte del paisaje cotidiano.

Lo curioso es que ese modelo, que ha demostrado sus límites, es defendido indirectamente desde México, no con discursos abiertos de admiración, pero sí con silencios estratégicos, con omisiones calculadas, con una narrativa que evita cualquier crítica de fondo, porque cuestionarlo implicaría también poner bajo la lupa ciertas aspiraciones internas.

México no es beneficencia internacional

Y aquí viene la otra gran contradicción, mientras se habla de ayudar a Cuba, México enfrenta sus propios problemas, inseguridad, sistemas de salud con carencias, desigualdad persistente, pero aun así se plantea que es injusto no apoyar a los cubanos, como si el presupuesto público fuera una bolsa sin fondo, como si los ciudadanos mexicanos no tuvieran ya suficientes cargas.

La pregunta es simple, ¿por qué México tendría que mantener -económicamente hablando- a otro país? ¿Por qué los recursos generados por los mexicanos deben destinarse a sostener las consecuencias de un sistema político extranjero?, la respuesta oficial apela a la solidaridad, pero la realidad sugiere otra cosa, afinidad ideológica, coincidencia de proyectos, simpatía entre modelos.

Porque no se trata sólo de ayudar, sino de a quién se ayuda y por qué, y en este caso la ayuda parece menos humanitaria de lo que se quiere admitir y más política de lo que se quiere reconocer.

Herencia de un proyecto

No se puede entender esta postura sin mirar atrás, hacia la administración de Andrés Manuel López Obrador, donde se consolidó una visión que privilegia la cercanía con gobiernos afines y minimiza sus fallas, una política exterior donde la crítica se reserva para los adversarios ideológicos, pero se diluye cuando se trata de aliados. Hoy esa lógica continúa, incluso se profundiza, y el discurso sobre Cuba es prueba de ello, porque no se trata sólo de enviar ayuda, sino de sostener una narrativa que justifica a un modelo que, en los hechos, ha fallado en garantizar condiciones dignas para su población.

Precariedad que no se nombra

Resulta casi irónico que se reconozca el sufrimiento del pueblo cubano, pero se evite señalar a quienes lo han provocado, como si la pobreza fuera un fenómeno abstracto, como si los apagones, la escasez y la falta de oportunidades fueran producto exclusivo de factores externos, cuando en realidad son consecuencia de decisiones internas, de políticas que han priorizado el control sobre el desarrollo.

Volvemos al espejo incómodo

Mientras tanto, en México, se avanza en una ruta que algunos ven con preocupación, mayor concentración del poder, debilitamiento de contrapesos, una narrativa que divide entre buenos y malos, según la cercanía ideológica, un escenario donde la cúpula en turno concentra decisiones y beneficios mientras el resto observa.

La comparación no es gratuita, porque el modelo que se defiende afuera, guarda similitudes con el que algunos temen que se consolide adentro, un sistema donde el discurso promete bienestar, pero la realidad muestra otra cosa, donde la élite política se fortalece mientras la ciudadanía enfrenta los costos.

Solidaridad o simulación

Al final, el debate no es si se debe ayudar o no a un pueblo en dificultades, sino cómo y por qué, porque la ayuda que no cuestiona puede convertirse en complicidad, y la solidaridad que ignora las causas termina siendo un paliativo que no resuelve nada.

México no tiene por qué cargar con los errores de un gobierno extranjero, mucho menos justificar un modelo que ha demostrado su incapacidad para generar bienestar sostenible, hacerlo no sólo es un despropósito económico, sino también un mensaje político que revela más de lo que se quiere admitir.

Mientras se insiste en ayudar a Cuba, lo que realmente se está defendiendo es una idea, un proyecto, una visión del poder donde la cúpula siempre encuentra la manera de beneficiarse, y donde el pueblo, en Cuba o en México, termina siendo el argumento perfecto para justificar decisiones que poco tienen que ver con su bienestar.

Entre discursos de solidaridad y omisiones estratégicas, la realidad sigue su curso, en Cuba con un pueblo que sobrevive a su propio gobierno, y en México con un debate que apenas comienza, pero que ya deja ver señales de hacia dónde podría dirigirse si nadie decide cuestionarlo a tiempo.

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