Una nueva investigación revela estructuras dejadas por una civilización de millones de personas que habitó el suroeste de la Amazonía entre el 600 a.C. y el 850 d.C.
El hallazgo en Brasil, desafía lo que se sabía sobre la densidad poblacional y la complejidad cultural de la región amazónica.
La civilización Aquiry —nombre tomado del término indígena para el río Acre— construyó grandes centros con fines políticos y rituales que abarcan cerca de 183.000 km², un territorio equivalente al de la Siria actual.
Sus rastros son enigmáticas figuras geométricas en el suelo: espacios delimitados por zanjas de varios metros de profundidad, conectados entre sí por caminos rectos.
Los arqueólogos hallaron restos de más de 400 sitios bien conservados. Pero eso es solo lo visible: estiman que en el lugar podrían haber existido más de 20.000 antiguos centros ceremoniales. El mayor de los descubiertos abarca 50 hectáreas.
“Lo que más nos sorprendió fue el número extraordinariamente elevado de geoglifos y otras construcciones en tierra que se encontraron en una zona que representa menos del 3 % de la Gran Amazonía”, afirma el autor principal, el arqueoantropólogo Martti Pärssinen, de la Universidad de Helsinki, en declaraciones a Science Alert.
El nuevo trabajo estima que entre 1,25 y 3 millones de personas vivían allí a principios del primer milenio, lo que desafía las estimaciones anteriores sobre la población de toda la región amazónica.
Según los autores, la población total de la Amazonía podría haber alcanzado decenas de millones de personas: “Nuestros hallazgos dan un vuelco a lo que sabíamos sobre el pasado de la región amazónica”, asegura Pärssinen, en un comunicado de la Universidad de Helsinki.
Y agrega: “Muchas otras regiones de la Amazonía podrían haber estado mucho más densamente pobladas y haber sufrido una transformación mucho más intensa de lo que se suponía hasta ahora”, añade.
Los Aquiry también dejaron una huella en el paisaje vegetal. Quemaron bosques de bambú para despejar tierras destinadas al cultivo de maíz, calabaza y yuca, así como para construir sus centros ceremoniales y los anchos caminos que conducían a ellos. También gestionaron especies de árboles de alto valor cultural, promoviendo su propagación a expensas de otras especies.
“El impacto humano en el medio ambiente amazónico fue mucho mayor de lo que se creía”, señala Pärssinen. “La civilización también alteró la producción y el balance de carbono de la antigua Amazonía, lo que debería tenerse mejor en cuenta en los futuros modelos climáticos”, apunta.
La tecnología que hizo posible el hallazgo es LiDAR —Laser Imaging Detection and Ranging—. Usado también para encontrar estructuras mayas ocultas bajo la vegetación, el escáner láser aéreo atraviesa los claros del dosel forestal y rebota en el suelo, permitiendo reconstruir el paisaje oculto sin alterar la selva.
“Volamos en tramos rectos y largos de unos 450 km, mapeando una franja de aproximadamente un kilómetro de ancho cada diez kilómetros. Esto nos permitió cubrir una superficie continua lo más grande posible”, explica el coautor Juha Hyyppä, del Instituto de Investigación Geoespacial de Finlandia.
Las estructuras con formas geométricas y caminos rectos probablemente eran centros que se construyeron para fomentar las relaciones entre comunidades, puntos de encuentro para toma de decisiones políticas o exhibiciones de generosidad de los caciques. Las ceremonias incluían danzas rituales, música, banquetes, competencias atléticas y juegos de pelota.
“Sus variables dimensiones, formas, métodos de construcción y ubicaciones reflejan las características geográficas y culturales distintivas de la región”, destaca Risto Kalliola, profesor de la Universidad de Turku, en Finlandia.
Aún se sabe relativamente poco sobre los Aquiry. Se desconoce, por ejemplo, qué lenguas hablaban en esas comunidades o cómo se llamaban a sí mismas. La región carecía de piedra, por lo que no quedan ruinas líticas. Sin embargo, los geoglifos amazónicos ayudan a entender cómo vivían.
“No se trataba de un único reino, sino de una red de muchas comunidades diferentes”, señala otra firmante del estudio, Pirjo Kristiina Virtanen, profesora de Estudios Indígenas de la Universidad de Helsinki.
El mayor misterio sigue siendo su desaparición: “Aún quedan muchas preguntas sin respuesta. Una de las más importantes es qué ocurrió entre aproximadamente el año 850 y el 1000 d. C. ¿Por qué desapareció esta civilización?”, se pregunta Pärssinen.
La pregunta resuena más cuando se considera el contexto global: en la misma época, la civilización maya clásica en Centroamérica también colapsó gradualmente, aunque los motivos de ambos colapsos siguen siendo objeto de debate.


