CAMBIANDO DE TEMA

“Edomex se ahoga… y su gobierno también”

Por Karina A. Rocha Priego

Cada temporada de lluvias en el Estado de México se repite la misma historia como un ciclo perverso que parece imposible de romper: el cielo se nubla, el agua cae, las calles colapsan, y el gobierno -el mismo que cada tres y seis años cambia de colores, pero no de ineptitud- guarda silencio o finge sorpresa.

No hay fenómeno “atípico”, ni tormenta “extraordinaria”, ni desastre “natural” que justifique lo que ya es estructural: la decadencia, el abandono, la corrupción y la total incapacidad para prevenir lo que cada año arrasa con miles de vidas y hogares.

Lo que ocurre con las lluvias de las últimas semanas no ha sido una “emergencia climática”; es una radiografía puntual de la podredumbre institucional que gobierna al Estado de México porque, mientras la gente nada en agua y desesperación, los gobiernos nadan en excusas, en simulación y en total desinterés por la vida de sus gobernados.

Las cifras y las imágenes no mienten: avenidas intransitables, negocios perdidos, colonias completas bajo el agua, transporte suspendido, y miles de familias damnificadas que ven cómo su patrimonio se les va entre las manos

La escena se repite una y otra vez, con nuevos rostros en el poder, pero la misma actitud pasiva, cómoda, cínica.

En Naucalpan, el desbordamiento del Río de los Remedios volvió a convertir zonas habitacionales e industriales en auténticas lagunas pestilentes.

Bajo el puente de Ciudad Satélite, el agua superó el metro y medio.

¿La respuesta oficial? “Se activaron protocolos” ¡Cuales!.

La misma frase hueca que sueltan cada vez que se inunda todo y no hay nadie con botas de trabajo, sólo funcionarios con discurso, escolta y cámaras fotográficas que les acompañan, ¡claro!, pagados o muy afines.

En Tlalnepantla, automovilistas se han quedado atrapados; en Atizapán, viviendas destruidas a unos pasos del palacio municipal.

¿Y los trabajos preventivos de los que tanto presumen? Una farsa.

Los vecinos lo han dejado claro: aquí lo único que cambia cada año es la magnitud del desastre, la ineptitud, esa, permanece intacta.

Nicolás Romero vio cómo el agua arrastraba estructuras de concreto como si fueran juguetes.

Cuautitlán Izcalli enfrenta el desborde inminente de la presa El Ángulo mientras que en Los Reyes La Paz, el agua ingresó a una clínica del IMSS y los pacientes fueron trasladados como si estuviéramos en un país sin Estado.

Y ni hablar del colapso de la Línea A del Metro: miles de personas varadas y patrullas usadas como camiones, en una postal que sintetiza el fracaso del transporte público y la infraestructura urbana de una de las entidades más pobladas del país.

Pero lo más ofensivo de todo es que las autoridades insisten en fingir que esto es producto de fenómenos fuera de su control.

No, señores, esto no es culpa del clima, sino de su desinterés criminal, porque en el Estado de México lo que no fluye es el agua, sino los millones de pesos en contratos amañados, licitaciones turbias, obras “inauguradas” que no sirven, y los presupuestos inflados que nunca llegan a la gente.

No hay planeación hidráulica, no hay mantenimiento no hay voluntad, pero lo que sí hay es un ejército de burócratas con camioneta nueva, funcionarios que viven en fraccionamientos blindados y alcaldes que solo aparecen para cortarse el listón de obras inútiles.

Mientras los ciudadanos arrastran muebles entre el lodo, los políticos se preparan para la siguiente elección.

¿Dónde está la rendición de cuentas? ¿Dónde están las auditorías a los millones destinados año tras año a “obras pluviales”?

¿Quién se hace responsable del abandono institucional?

Porque si hay algo que se ha vuelto costumbre en Edomex, es que nadie responde.

Es más, las oficinas gubernamentales, si bien tienen líneas telefónicas, ¡no las usan!, ahora les da por “hacer citas” vía Whatsapp y éstas, jamás se concretan.

No hay forma de llegar a los servidores públicos porque, sus agendas, están atiborradas de “asuntos sin importandia”, pero siempre están “ocupados”.

Aquí, la corrupción y la negligencia no solo se toleran, se premian con reelecciones, candidaturas y embajadas.

Y como si el castigo natural no bastara, los gobiernos locales tienen el descaro de condicionar los apoyos a damnificados a que estén “al corriente con el predial”. Como si el agua preguntara antes de arrasar, como si una tragedia pudiera convertirse en un trámite fiscal.

Es grotesco, es inhumano y, sobre todo, es profundamente revelador del nivel de descomposición moral del sistema.

¿De qué sirven las comisiones de Protec-ción Civil, los atlas de riesgo, los planes de emergencia? ¿Para qué se crearon oficinas de “resiliencia urbana”? si la única resiliencia que se exige es a la ciudadanía que, año tras año, tiene que reconstruir su vida con las manos, mientras el gobierno juega a gobernar.

Lo que vive el Estado de México ya no es una falla de gestión: es un crimen social.

Es la consecuencia directa de décadas de abandono, de saqueo institucional, de gobiernos que ven a los ciudadanos como votos, no como personas y, mientras no se castigue a quienes han permitido que cada temporada de lluvias se convierta en un infierno cotidiano, el Edomex seguirá hundido… no por el agua, sino por la impunidad.

En esta entidad no solo llueve agua: llueve olvido, corrupción, y desdén institucional y, lo único que se inunda todos los años es la dignidad de un pueblo que sigue pagando los platos rotos de un gobierno que no sirve más que para enriquecerse mientras los demás se ahogan….

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