El tablero geopolítico en Medio Oriente ha alcanzado su punto de ebullición. Tras cinco semanas de hostilidades, el Gobierno de Estados Unidos, encabezado por Donald J. Trump, ha incrementado su presencia militar a niveles no vistos en años, superando la barrera de los 50,000 efectivos en la región.
Este movimiento, que incluye un refuerzo de 10,000 militares por encima del promedio habitual, marca un giro agresivo en la estrategia de la administración Trump frente a Teherán.
La gran interrogante es si Washington busca una ocupación total. Fuentes del Pentágono sugieren que el plan actual no es una “invasión a gran escala”, sino una “incursión terrestre” basada en operativos quirúrgicos. Esta misión combinaría Fuerzas de Operaciones Especiales con tropas convencionales para neutralizar amenazas específicas en un periodo de varias semanas.
El epicentro del conflicto sigue siendo el Estrecho de Ormuz. Teherán busca imponer cobro de tasas y control absoluto sobre esta vía por donde circula una quinta parte del petróleo mundial.
Estados Unidos califica esta medida como una “declaración de guerra a la economía global”, mientras el precio del crudo se mantiene en niveles críticos.
Irán no ha retrocedido. Mohamad Baqer Qalibaf, presidente del Parlamento iraní, aseguró que sus tropas están “esperando” a los soldados estadounidenses, acusando a Trump de simular negociaciones mientras planea ataques secretos.
Aunque potencias como Turquía, Arabia Saudí y Pakistán intentan mediar, la opción militar parece ganar terreno frente a la diplomacia en estas horas decisivas.


