Por Karina A. Rocha Priego
El crimen no crece solo
Existe una mentira que los gobiernos mexicanos han repetido durante años hasta convertirla en política pública: creer que el crimen organizado crece únicamente por la ambición de los delincuentes.
Es falso: Ningún grupo criminal conquista territorios enteros únicamente con armas, ninguna organización somete municipios completos únicamente con violencia, ningún cártel controla actividades económicas, cadenas productivas y comunidades enteras sin encontrar puertas abiertas dentro de las instituciones.
El crecimiento de La Nueva Familia Michoacana no representa solamente el fortalecimiento de una organización criminal, representa el fracaso de un sistema político incapaz de cumplir su función más básica: garantizar seguridad y ejercer autoridad sobre el territorio nacional.
Mientras Estados Unidos identifica redes internacionales de narcotráfico, lavado de dinero, tráfico de drogas sintéticas y estructuras financieras complejas, en México hay funcionarios que siguen celebrando el “amasiato” que existe con estos.
La realidad es mucho más incómoda, cuando los criminales avanzaron porque alguien retrocedió y resulta que quien retrocedió fue el Estado.
Sur de Edomex, laboratorio de abandono
Durante años, miles de habitantes del sur del Estado de México denunciaron exactamente lo mismo: MUERTE cobro de piso, extorsiones, amenazas, control de precios agrícolas, imposición de cuotas, secuestros, restricciones para comercializar productos, presencia armada permanente, aunque la presencia armada era “de ornato”, pues para los elementos de seguridad, ha sido más fácil “amafiarse” que combatir a los delincuentes porque, ello garantizaba supervivencia.
Lamentablemente, las denuncias presentadas por los afectados parecían perderse en oficinas gubernamentales donde la burocracia resultó más fuerte que la urgencia social o, más conveniente, como quieran verlo.
La realidad es que, desde que el exsecretario general de Gobierno Luis Enrique Miranda Nava, le dio entrada a dos muy conocidas células criminales al Estado de México, el sistema optó por voltear hacia otro lado.
Por lo pronto, recordemos la tragedia de Texcaltitlán, esta que no fue un accidente, sino una advertencia, es la consecuencia de años de abandono y cuando los campesinos decidieron enfrentar a presuntos integrantes del crimen organizado con sus propias manos no estaban protagonizando un acto heroico, simplemente estaban enviando un mensaje desesperado porque habían dejado de creer en las autoridades, peor aún, habían dejado de esperar protección, habían dejado de confiar en las instituciones.
Estarán de acuerdo en que, cuando la ciudadanía pierde la confianza en el Estado, lo que sigue no es solamente inseguridad, es la descomposición del pacto social.
Lo más grave es que después de la tragedia llegaron discursos, operativos y conferencias, pero ninguna explicación convincente sobre cómo se permitió que esa situación creciera durante tantos años.
Simulación como política pública
México se convirtió en una fábrica de estadísticas, pues cada semana aparecen cifras sobre detenidos, cada mes se anuncian aseguramientos, cada año se presentan informes llenos de resultados oficiales; sin embargo las comunidades siguen viviendo bajo miedo, los comerciantes continúan pagando cuotas, los productores mantienen la incertidumbre, los transportistas siguen siendo víctimas de amenazas.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿De qué sirven los discursos triunfalistas cuando la realidad contradice cada palabra?.
La simulación se ha convertido en una de las mayores fortalezas de la clase política mexicana, gobiernos de todos los colores han aprendido a administrar la crisis sin resolverla; aprendieron a controlar la narrativa sin recuperar el territorio; aprendieron a presumir estrategias mientras las organizaciones criminales construían imperios económicos porque el verdadero negocio ya no se limita a las drogas.
Hoy el crimen organizado controla mercados, influye en actividades productivas, condiciona inversiones y determina quién puede trabajar en determinadas regiones y eso, queridos lectores, ya no es delincuencia común, es un poder paralelo y cuando surge un poder paralelo significa que el poder institucional está fallando o es “cómplice”.
Pregunta que nadie quiere responder.
La ofensiva estadounidense abre un escenario particularmente incómodo para la clase política mexicana, y es que Washington ya no busca únicamente narcotraficantes, busca dinero, empresas, propiedades, transferencias, prestadores de servicios, socios financieros, redes de protección, mecanismos de lavado.
Y esa búsqueda podría revelar mucho más de lo que algunos imaginan, pues cuando una organización criminal permanece durante años operando en amplias regiones del país, inevitablemente deja huellas y la gran pregunta no es si existen esas huellas, sino hacia dónde se conducen.
Durante demasiado tiempo la clase gobernante prefirió concentrarse en administrar la percepción pública antes que enfrentar la realidad, ahora esa realidad comienza a cobrar factura.
Costo de complicidad silenciosa
La corrupción no siempre aparece en forma de sobornos, a veces adopta la forma de indiferencia, a veces se manifiesta mediante omisiones o se esconde detrás de la inacción.
En México esa corrupción silenciosa ha sido tan dañina como la corrupción tradicional, cada vez que una denuncia fue ignorada o un expediente quedaba archivado.
Cada vez que una comunidad pidió ayuda y no recibió respuesta y cada vez que una autoridad decidió mirar hacia otro lado.
Crimen organizado ganó terreno
Por eso el problema actual no puede explicarse únicamente por la capacidad de violencia de los grupos criminales, también debe explicarse por la incapacidad de las instituciones para detenerlos o, peor aún, por la comodidad de algunos sectores políticos que aprendieron a convivir en complicidad.
Expediente que puede perseguir a una generación política
La ofensiva estadounidense contra La Nueva Familia Michoacana no debería interpretarse únicamente como una acción contra el narcotráfico, es también un espejo incómodo para México; un espejo que refleja la debilidad institucional, impunidad acumulada, corrupción enquistada y el abandono de regiones enteras.
La verdadera amenaza no son únicamente el contubernio en el Estado México, con “El Pez” o “El Fresa”, es un sistema que permitió que personajes como ellos acumularan poder durante años sin encontrar un muro institucional capaz de detenerlos y si esa pregunta no se responde con honestidad, el próximo grupo criminal simplemente ocupará el mismo espacio que hoy gobierna Estado de México.


