CAMBIANDO DE TEMA

La apuesta de Vargas del Villar

* El respaldo anticipado a Iraí Albarrán abre dudas sobre el futuro político del PAN en Metepec……

Por Karina A. Rocha Priego

En política existen decisiones inteligentes, decisiones arriesgadas y decisiones que simplemente parecen incomprensibles y la reciente aparición pública del senador Enrique Vargas del Villar para prácticamente destapar a Iraí Albarrán como futura candidata panista a la alcaldía de Metepec pertenece a esta última categoría.

Porque una cosa es respaldar a un perfil competitivo, con experiencia, estructura propia y arraigo ciudadano, y otra muy distinta es comprometer años de trabajo político en favor de una figura cuya principal carta de presentación parece ser su relación matrimonial con el actual alcalde Fernando Flores Fernández.

La declaración de Vargas del Villar no pasó desapercibida, frente a militantes y simpatizantes aseguró que la próxima presidenta municipal de Metepec será Iraí Albarrán y lo dijo con la seguridad de quien parece creer que una elección puede definirse desde ahora, como si los ciudadanos fueran simples espectadores de acuerdos cupulares y no los verdaderos dueños de las urnas.

El mensaje fue claro, y no es un secreto que Fernando Flores quiere dejar sucesora, mientras Enrique Vargas está dispuesto a respaldarlo, pareciendo ambos convencidos de que los metepequenses aceptarán sin cuestionamientos una especie de continuidad familiar disfrazada de proyecto político y el problema es que, la realidad, suele ser mucho más cruel que los cálculos electorales.

De la cercanía con el pueblo al club de la exclusividad

Durante décadas, los partidos políticos entendieron que la cercanía con la ciudadanía era indispensable para ganar elecciones; los candidatos caminaban calles, visitaban mercados, escuchaban reclamos y convivían con la población porque sabían que el voto se construía con presencia y empatía.

Sin embargo, la imagen pública que acompaña a Iraí Albarrán parece encontrarse en las antípodas de esa lógica.

En Metepec son cada vez más frecuentes los comentarios que la describen como una figura asociada al lujo, la exclusividad y la ostentación; una personalidad que parece sentirse mucho más cómoda entre marcas de alta gama, joyería exclusiva y eventos selectos que entre las necesidades cotidianas de miles de familias mexiquenses.

Nadie cuestiona el derecho de una persona a vestir Chanel, utilizar Gucci o portar piezas Cartier, el problema aparece cuando se pretende gobernar un municipio donde miles de ciudadanos enfrentan diariamente problemas de inseguridad, transporte, servicios públicos deficientes y una economía familiar cada vez más golpeada.

La percepción importa y en política importa más que en cualquier otra actividad pues difícilmente puede construirse un discurso de cercanía cuando la imagen proyectada es la de una persona que parece vivir en una realidad completamente distinta a la de los ciudadanos comunes.

Incluso dentro de círculos políticos locales se repite una frase que resulta demoledora: Iraí Albarrán no conecta con la gente porque simplemente no le gusta convivir con la gente.

Exageración o realidad, el problema es que esa percepción ya existe y una vez instalada en el imaginario colectivo resulta extremadamente difícil revertirla.

Error creer que los votos se heredan

Quizá el aspecto más preocupante de esta operación política es la aparente convicción de que la popularidad de Fernando Flores puede transferirse automáticamente a su esposa.
La historia electoral mexicana está llena de ejemplos que demuestran exactamente lo contrario, los cargos públicos no son propiedades familiares, las alcaldías no forman parte de herencias políticas y los ciudadanos no votan por parentescos.

Pensar que una administración municipal puede pasar de esposo a esposa como si se tratara de un patrimonio privado representa una visión profundamente equivocada de la democracia, más aún cuando Fernando Flores tampoco concluye su gestión libre de cuestionamientos.

Durante los últimos años Metepec ha enfrentado problemas de seguridad, desapariciones, reclamos vecinales y críticas constantes por distintos temas administrativos.

La narrativa oficial insiste en presentar un municipio modelo, pero la realidad cotidiana de muchos habitantes muestra una versión mucho menos optimista.

Por eso sorprende que Enrique Vargas haya decidido subir tan pronto al barco que todavía ni siquiera demuestra capacidad de navegación porque, si la apuesta fracasa, el desgaste no será únicamente para Iraí Albarrán, también alcanzará a quien decidió convertirse en su principal padrino político.

Ana Lilia y comparación inevitable

La situación resulta todavía más desconcertante cuando se observa el escenario político completo, pues en el mismo municipio aparece un perfil como Ana Lilia Herrera Anzaldo, una mujer con décadas de experiencia política, una figura que ha ocupado cargos relevantes, ha ganado elecciones y también ha perdido, pero conoce las estructuras políticas del Estado de México y ha construido una carrera propia sin depender del apellido de un esposo o de una relación familiar para mantenerse vigente.

Se podrá coincidir o no con sus posturas; se podrá criticar parte de su trayectoria, pero resulta imposible negar que posee tablas políticas que hoy parecen inexistentes en la eventual candidatura impulsada por Vargas del Villar.

Por eso la pregunta comienza a escucharse cada vez con más frecuencia:

¿De verdad Enrique Vargas piensa arriesgar su prestigio político por una candidatura tan frágil?

Porque al final del día, Iraí Albarrán no es Romina Contreras y Fernando Flores tampoco es Enrique Vargas.

Las condiciones son distintas, las trayectorias, las capacidades políticas y, lo más importante, los ciudadanos también son distintos.

El gran riesgo para el senador panista es que la operación que hoy parece una demostración de fuerza termine convirtiéndose en una demostración de soberbia, o sea: la soberbia de creer que una candidatura puede imponerse desde arriba; la soberbia de pensar que el apellido correcto basta para ganar una elección; la soberbia de asumir que los ciudadanos simplemente obedecerán.

La elección de 2027 todavía está lejos, pero el mensaje ya fue enviado, ahora la responsabilidad recae en los habitantes de Metepec, quienes tendrán que decidir si quieren una administración construida sobre méritos propios o una sucesión política hecha de acuerdos de grupo porque una democracia sana elige gobernantes, no designa herederos.

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