Por Karina A. Rocha Priego
La peor forma de desperdiciar el tiempo. Las conferencias matutinas se han convertido en el principal escaparate político del Gobierno federal, porque ahí, y solo ahí, se fijan posturas, se responden críticas, se descalifica a los adversarios, se anuncian programas y, prácticamente todos los días, se busca marcar la agenda nacional.
Sin embargo, conforme transcurren los meses, también crece una pregunta que cada vez más ciudadanos se hacen: ¿las mañaneras están resolviendo los problemas del país o únicamente los están administrando desde el discurso?, porque hasta el día de hoy, persiste esa sensación.
Horas enteras dedicadas a debatir la captura de Ismael “El Mayo” Zambada, a exigir explicaciones al gobierno de Estados Unidos, a responder versiones sobre presuntas negociaciones con integrantes del crimen organizado y a defender la postura oficial frente a diversos señalamientos, mientras tanto, fuera del Salón Tesorería, el México cotidiano siguió enfrentando una realidad mucho más compleja.
El ciudadano vive otra conferencia
La conferencia que verdaderamente importa no ocurre frente a un micrófono, sucede cuando un comerciante vuelve a pagar una extorsión para poder abrir su negocio, cuando una familia decide no salir de noche por miedo a la delincuencia, cuando un transportista modifica su ruta porque determinadas carreteras ya no ofrecen condiciones mínimas de seguridad, cuando una madre espera noticias de un hijo desaparecido o cuando un empresario cancela una inversión por la incertidumbre que percibe.
Esa conferencia no dura dos horas, dura las veinticuatro horas del día y esa es la conferencia que el ciudadano escucha todos los días.
Por ello resulta inevitable que muchos mexicanos observen con distancia los debates diplomáticos sobre cómo fue detenido un capo del narcotráfico, cuando el verdadero problema es que numerosas comunidades siguen padeciendo la presencia cotidiana de grupos criminales.
No basta con exigir información a otro país pues la exigencia ciudadana sigue siendo recuperar territorios donde la autoridad ha perdido la confianza de la población.
La narrativa ya no alcanza
Toda administración necesita comunicar, esa es una parte importante de gobernar, sin embargo lo preocupante comienza cuando la comunicación parece sustituir a los resultados.
Durante esta semana volvió a quedar claro que una parte importante de las mañaneras se destina a responder críticas, corregir versiones, señalar errores del pasado o confrontar a opositores.
El problema es que la realidad no suele modificarse mediante conferencias, ya que los ciudadanos forman su opinión cuando llegan al supermercado y descubren que su dinero alcanza para menos, cuando esperan meses una consulta médica, cuando enfrentan trámites burocráticos interminables o cuando observan que la violencia continúa golpeando distintas regiones del país.
Frente a esas experiencias, cualquier narrativa oficial encuentra límites muy claros.
Porque los discursos pueden convencer durante algunos minutos; la realidad termina imponiéndose durante el resto del día.
Seguridad, la gran deuda
El tema de la seguridad volvió a aparecer indirectamente durante las conferencias de esta semana y, paradójicamente, mientras se discutía el origen de la captura de un líder criminal, millones de mexicanos seguían esperando respuestas mucho más sencillas y mucho más urgentes.
¿Por qué continúan las extorsiones? ¿Por qué hay municipios donde los comerciantes viven bajo amenazas? ¿Por qué siguen apareciendo fosas clandestinas? ¿Por qué tantas familias continúan buscando a sus desaparecidos?.
¿Por qué todavía existen regiones donde abrir un negocio implica pagar derecho de piso?.
Son preguntas que difícilmente encuentran respuesta en una conferencia matutina y mientras no existan avances perceptibles para la población, cualquier discusión internacional terminará pareciendo distante frente a los problemas cotidianos.
La economía tampoco vive de optimismo
Otro de los temas recurrentes fue el mensaje de confianza sobre la economía nacional y nadie discute la importancia de mantener estabilidad financiera, tampoco puede ignorarse que existen indicadores macroeconómicos que muestran resiliencia.
Sin embargo, los ciudadanos califican la economía de una forma mucho más sencilla como cuando pagan el recibo de la luz, llenan el tanque de gasolina, compran la despensa; cuando buscan empleo o cuando intentan mantener abierto un pequeño negocio.
La economía no se mide únicamente en conferencias ni en gráficas, se mide en la tranquilidad con la que una familia puede planear el siguiente mes y ahí todavía existen enormes desafíos.
Gobernar exige más que convencer
Las mañaneras han demostrado ser una poderosa herramienta política y ningún gobierno anterior había logrado controlar con tanta eficacia la conversación pública desde una conferencia diaria.
Pero controlar la conversación no significa controlar la realidad, ya que la percepción ciudadana termina construyéndose en la calle, no frente a una pantalla.
Si la inseguridad continúa preocupando, si el crecimiento económico no se refleja en los bolsillos, si los servicios públicos siguen siendo insuficientes y si amplios sectores mantienen dudas sobre el combate a la impunidad, ninguna estrategia de comunicación podrá sustituir la necesidad de ofrecer resultados palpables.
Gobernar implica tomar decisiones que transformen la vida cotidiana, no únicamente explicar por qué las cosas ocurren porque, estarán de acuerdo, hasta las explicaciones tienen un límite así como la paciencia ciudadana.
Queda claro que las mañaneras seguirán marcando la agenda política nacional, pero la verdadera evaluación continuará realizándose lejos de los reflectores, en las calles, en los hogares, en los comercios y en cada rincón donde los ciudadanos esperan algo más que respuestas, esperan resultados aunque, dicho sea de paso, lo que más percibe el pueblo de los tres niveles de gobierno morenistas es que “ni me ven, ni me escuchan y mucho menos me resuelven”.


