En el marco del Día Mundial del Cacao, que se celebra hoy 7 de julio, la comunidad científica y agrícola de México ha dado un giro radical a la narrativa oficial sobre esta planta sagrada.
Mientras que la industria global enfoca sus ojos exclusivamente en las grandes regiones productoras, un grupo de investigadores mexicanos de la UNAM ha asumido el rol de “detectives genéticos”, demostrando que la verdadera riqueza y el futuro del chocolate en el país se esconden en el anonimato de patios traseros, potreros y zonas olvidadas por el mapa comercial actual.
Históricamente, se ha establecido que el Theobroma cacao tuvo su origen en la alta cuenca del Amazonas y fue domesticado en Ecuador hace más de 5,000 años, expandiéndose posteriormente hacia Centroamérica y México, donde los pueblos originarios lo elevaron a un estatus divino y de moneda de cambio.
Sin embargo, en el México contemporáneo, la producción comercial se ha centralizado casi en su totalidad en los estados de Tabasco (que aporta cerca del 64% de la producción nacional) y Chiapas (con alrededor del 35%).
Esta centralización ha provocado un fenómeno alarmante: la pérdida paulatina de la diversidad genética debido a la selección humana de unas cuantas variedades comerciales.
La investigación actual, apoyada en disciplinas como la arqueología, la lingüística y la historia, ha comenzado a romper el mito de que el cacao solo pertenece al sur del país.
Evidencias arqueológicas —como la célebre lápida del periodo 800-1100 d.C. hallada en el centro ceremonial de El Tajín, en Papantla, Veracruz, que muestra un árbol de cacao con mazorcas desarrolladas— demuestran que antes de la llegada de los españoles, la planta se cultivaba con éxito en regiones como Veracruz, Colima, Michoacán, Nayarit y Guerrero.
Para corroborar esto, los investigadores realizaron una revisión de los diccionarios de las principales familias lingüísticas de México.
El hallazgo fue contundente: la existencia de vocablos propios para denominar al cacao, al chocolate y al pataste (especie prima del cacao) en lenguas de regiones del centro y norte del país demuestra que estos pueblos no solo conocían la planta, sino que formaba parte intrínseca de su identidad y cultura.
Guiados por la curiosidad científica, un equipo de investigadores emprendió un viaje de campo por cinco municipios de la zona centro de Veracruz.
Los resultados, consolidados tras recorridos iniciados en los últimos años de la pandemia de Covid-19, confirmaron la existencia de “puntos aislados” donde el cacao resiste al tiempo.
Totonacapan veracruzano, se documentó la presencia de árboles de cacao en patios traseros, jardines y agroecosistemas familiares.
Estos ejemplares no tienen un fin comercial; son guardianes silenciosos de la historia familiar.
Familias que aún conservan árboles heredados de sus abuelos para tostar y moler las semillas de cara a las festividades de Día de Muertos.
En las riberas del río Filobobos, un productor de 84 años mantiene un único árbol en su patio como un homenaje vivo a su madre, quien les preparaba chocolate artesanal en su infancia.
En Vega de Alatorre, se localizaron los últimos cinco sobrevivientes de una plantación de 300 árboles introducidos desde Tabasco en la década de 1930, los cuales soportaron frentes fríos devastadores y cuyas semillas se dispersaron entre los locales.
Muchos de estos árboles se encuentran en la etapa final de su ciclo de vida, superando en algunos casos los 80 años de edad, al igual que los adultos mayores que los custodian. Si estos guardianes fallecen, su historia genética y cultural podría desaparecer para siempre.
Los expertos concluyen que la diversidad genética del cacao en México se encuentra plenamente activa fuera de las zonas económicas principales.
La investigación no requiere buscar nuevas pistas teóricas, sino pasar a la acción, explorar, catalogar y rescatar estos reservorios genéticos ocultos en la geografía nacional.
Hoy, mientras una tarde fresca cobija la zona montañosa de Veracruz y las nubes amenazan con una lluvia constante, la memoria cultural nos invita a dejar de lado el café por un momento.
Consumir una taza de chocolate caliente este 7 de julio es más que un acto de confort; es un compromiso colectivo para exigir el rescate de esos árboles solitarios y asegurar que el sagrado lazo entre México y el cacao jamás se extinga.


