CAMBIANDO DE TEMA

Justicia mexicana se arrodilla ante el “bastón de mando”

Por Karina A. Rocha Priego

Los mexicanos católicos-guadalupanos, últimamente han sido severamente criticados, humillados, ignorados, y hoy, “intercambiados”, tal vez, pues en la política mexicana hemos llegado al punto en el que los símbolos importan más que las instituciones, donde el humo del copal sustituye al debate jurídico y donde la superstición se coloca por encima de la Constitución.

Desde el arribo de Andrés Manuel López Obrador al poder, los rituales de “purificación”, las limpias y la parafernalia mística se convirtieron en parte de la escenografía oficial, como si la corrupción, la violencia y la impunidad pudieran combatirse con humo, rezos y ceremonias, en lugar de leyes, instituciones y jueces independientes.

Lo preocupante es que esa narrativa no se detuvo en la Presidencia, sino que ahora alcanzará a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, un poder que debería ser la última trinchera del Estado de derecho, pero que ha sido reducido a un escenario más de la liturgia política de Morena.

El famoso “bastón de mando”, ese objeto que López Obrador convirtió en talismán político al recibirlo de manos de supuestos representantes indígenas (en realidad santeros), no es más que un símbolo manipulado para legitimar decisiones previamente pactadas, y no  representa la voluntad de los pueblos originarios, ni la diversidad cultural de México, ni mucho menos un verdadero respeto a las comunidades que históricamente han sido marginadas.

En realidad, funciona como una varita de utilería para dar un aura de solemnidad mística a lo que en el fondo es un acto de subordinación política; ahora, serán los nuevos ministros de la Corte quienes reciban ese bastón, en una ceremonia que no simboliza autonomía, sino todo lo contrario: la entrega formal de su independencia al poder que los designó.

No es coincidencia que este teatro se vista con la estética de la santería tropicalizada y los rituales de purificación.

El morenismo ha entendido que, en un país mayoritariamente católico y guadalupano, lo exótico vende como gesto de “inclusión cultural”, aunque se trate de una caricatura superficial de tradiciones milenarias y, a falta de credibilidad institucional, se apuesta por la magia, por la idea de que un palito adornado y un poco de humo pueden purificar un sistema judicial corroído hasta la médula.

El mensaje, sin lugar a dudas, queridos lectores, es perverso: no necesitamos jueces con criterio propio, necesitamos jueces obedientes que reciban el bastón y se alineen a la voluntad del poder central.

La ceremonia de “purificación” con la que arranca esta nueva etapa de la Corte debería ser motivo de alarma y no de festejo, toda vez que, más allá del folclor, lo que se confirma es que la independencia judicial ha sido entregada en bandeja de plata; no habrá separación de poderes, habrá subordinación ritualizada y, lo más grave, es que esa subordinación se legitima con la retórica del respeto a los pueblos originarios, usados una vez más como escenografía política para justificar lo injustificable.

El bastón de mando, nos dicen, representa la voz del pueblo, la legitimidad de la historia, la continuidad de las tradiciones, cuando en realidad, lo que representa en este contexto es la consolidación de un proyecto de control político total, es el instrumento con el que se castiga cualquier intento de autonomía y con el que se bendice el sometimiento.

Es, en pocas palabras, queridos lectores, el cetro del nuevo vasallaje judicial y los ministros que lo reciban no estarán aceptando una encomienda sagrada, sino firmando su renuncia a la independencia.

López Obrador fue el primero en usarlo como escudo político, y hoy la Presidenta de México, Claudia Sheinbaum, y los suyos lo replican con disciplina religiosa; la imagen del presidente recibiendo el bastón aquel 1 de diciembre de 2018 fue la primera señal de que el poder se vestiría de misticismo para disfrazar su verdadero rostro autoritario.

Hoy, esa imagen se repite con la Corte, con la diferencia de que ahora no se trata de un simple gesto simbólico, sino del Poder Judicial entero arrodillándose ante el Ejecutivo.

En un país donde la gente sigue rezándole a la Virgen de Guadalupe para pedir justicia, seguridad y paz, resulta insultante que quienes deberían impartir justicia real se entretengan con rituales de humo y bastones mágicos, porque lo que México necesita no son ceremonias a las cinco de la mañana, ni fandangos populares disfrazados de actos republicanos, sino un Poder Judicial que defienda la Constitución frente al abuso del poder y lo que tendremos, lamentablemente, es un tribunal adornado con símbolos vacíos, dispuesto a obedecer antes que a juzgar.

La Corte se purifica, dicen, cuando, en realidad, lo que se purifica es la simulación, la farsa de un sistema que se derrumba mientras se viste de colores y rezos; el bastón de mando no servirá para impartir justicia, pero sí para apretar más fuerte la correa de la obediencia.

En este país, donde las leyes se doblan y las instituciones se acomodan, los símbolos pesan más que la realidad y el símbolo que veremos hoy, será devastador: la confirmación de que la justicia mexicana ya no se guía por la Constitución, sino por el humo del copal y la voluntad del poder.

Ese bastón de mando, presentado como un instrumento de dignidad, será en realidad el certificado de defunción de la independencia judicial en México.

No purifica, ni dignifica, ni legitima: condena, porque lo que debería ser un poder autónomo se convierte en un simple ministerio de obediencia y, mientras los ministros sonríen recibiendo su bastón, el verdadero pueblo -ese que clama justicia en un país ensangrentado- seguirá viendo cómo, entre rezos y palitos mágicos, la justicia se le escapa de las manos…

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