CAMBIANDO DE TEMA

Tormenta en el aire

Por Karina A. Rocha Priego

La noche del sábado 27 de septiembre, el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México se convirtió en un espejo de la descomposición de la administración federal y de la llamada cuarta transformación, una lluvia intensa bastó para paralizar la principal terminal aérea del país, exhibiendo no solo la vulnerabilidad de la infraestructura sino también la incapacidad del gobierno para dar respuestas rápidas, claras y responsables a los ciudadanos, en vez de información precisa se propagó confusión, en lugar de soluciones se multiplicaron excusas, y mientras tanto miles de pasajeros quedaron varados en salas de espera y pistas inundadas, atrapados en la indolencia de un sistema que prefiere culpar al clima antes que asumir su fracaso estructural.

El caos de los vuelos

Los hechos fueron contundentes, un total de 769 vuelos estaban programados ese día entre llegadas y salidas, la lluvia convirtió la operación en un desastre y el colapso de las comunicaciones agravó el escenario, la torre de control perdió contacto con aeronaves alrededor de las 19:55 horas, un hecho inaceptable en cualquier país que presume modernidad y seguridad aérea, pilotos obligados a esperar en patrones de vuelo, despegues suspendidos y pasajeros atrapados en un limbo de incertidumbre, el resultado fue devastador para la logística.

Se reportaron 36 vuelos cancelados y 192 retrasados, la lista de afectados incluyó a Viva Aerobus con su vuelo VB1120 a Monterrey cancelado y el VB1134 con el mismo destino demorado, United vio alterado el vuelo UA1064 rumbo a Newark, Volaris padeció demoras en el Y4700 a Chicago y el Y43912 a Bogotá, Air Canada no se salvó y el AC992 con destino a Toronto se retrasó, la incapacidad del gobierno federal quedó plasmada en cada uno de esos números y en cada pasajero atrapado en la negligencia institucional.

El AICM no es una terminal cualquiera, es la puerta principal de México ante el mundo, un nodo logístico que debería estar blindado frente a lluvias que son previsibles en septiembre y que debería contar con redundancias tecnológicas para que una tormenta jamás interrumpa las comunicaciones entre torre y aeronaves, sin embargo la escena fue grotesca, pistas anegadas, operaciones reducidas a una sola franja y la torre en silencio, sin voz, sin frecuencia, sin control, ¿cómo puede un gobierno hablar de transformación si la torre del aeropuerto pierde contacto con aviones llenos de familias, de turistas y de empresarios?, ¿qué hubiera pasado si además del caos logístico se hubiera sumado una emergencia en pleno vuelo?, la pregunta es incómoda y la respuesta es aterradora, la negligencia de las autoridades, han puesto en riesgo la seguridad aérea del país.

El reflejo de un sexenio

La cuarta transformación prometió rescatar a México de la corrupción y la ineficiencia, sin embargo lo que observamos en el AICM es la síntesis de su fracaso, un país paralizado por la lluvia, un aeropuerto que se convierte en presa de agua, una torre de control que se queda muda ante los pilotos, pasajeros abandonados sin información ni apoyo y un silencio oficial que duele más que las demoras, el discurso de austeridad se convirtió en excusa para desmantelar instituciones y cancelar proyectos estratégicos, el resultado es una infraestructura obsoleta y un gobierno incapaz de garantizar lo más elemental, que un avión aterrice y despegue con seguridad, las consecuencias no se miden solo en retrasos y cancelaciones, se miden en la pérdida de confianza, en la imagen deteriorada de México ante el mundo y en el sufrimiento de ciudadanos que pagan boletos caros para terminar durmiendo en sillas metálicas.

El caso del AICM no es aislado, es la metáfora de un sexenio que improvisó en todas las áreas críticas, salud, seguridad, educación y por supuesto transporte, cada tormenta se convierte en crisis, cada falla se convierte en noticia internacional, y el gobierno se empeña en culpar al clima, a la oposición, al pasado, a cualquiera menos a sí mismo, la 4T presumió durante años que el país estaba en transformación, lo que vemos es un país detenido, sin capacidad de reaccionar y con un aparato estatal que se esconde detrás de comunicados vacíos mientras la realidad lo desborda, la pérdida de comunicación entre la torre y los aviones es la prueba más clara de un Estado que no solo es incompetente sino peligroso.

Pasajeros abandonados

Los testimonios de quienes esperaban volar a Monterrey, Chicago, Bogotá o Toronto hablan de angustia y frustración, familias con niños pequeños atrapadas durante horas sin agua ni alimentos suficientes, viajeros internacionales que perdieron conexiones en otros continentes, turistas que observaron con desconcierto cómo un aeropuerto internacional no pudo enfrentar una tormenta común de septiembre, peor aún, escucharon que la torre de control perdió comunicación con aeronaves, un dato que sembró miedo y desconfianza, ¿cómo confiar en un gobierno que no puede garantizar la voz de la torre?, la experiencia fue humillante y costosa, mientras tanto el gobierno federal prefirió guardar silencio o minimizar lo ocurrido, incapaz de reconocer que la crisis es fruto de años de negligencia y abandono.

Las autoridades no ofrecieron explicaciones ni soluciones inmediatas, dejaron que las aerolíneas enfrentaran solas a los pasajeros molestos y que las redes sociales difundieran imágenes del colapso, la indiferencia fue tan dolorosa como las cancelaciones.

Lo más grave es que estas fallas no son una excepción, son ya una constante, cada temporada de lluvias el aeropuerto se convierte en escenario de caos y cada año las autoridades prometen soluciones que nunca llegan, se anunció un sistema de drenaje mejorado, se presumió coordinación con Protección Civil, se habló de inversiones, todo quedó en discursos, al final la realidad mostró que seguimos con pistas vulnerables y con una torre de control que puede quedarse muda en pleno sábado de operaciones internacionales, los pasajeros son víctimas de un gobierno que prometió transformación y solo entregó improvisación.

La crisis del 27 de septiembre no puede reducirse a un accidente meteorológico, es la prueba de que la administración federal fracasa en garantizar un país seguro, moderno y funcional, si el AICM no puede resistir una tormenta ni mantener la comunicación con sus aviones, cómo puede México enfrentar los desafíos globales, los pasajeros ya dieron su veredicto, el gobierno está reprobado, y la tormenta en el aire se convirtió en tormenta política que desnuda la incapacidad de un régimen que solo sabe volar en discursos pero se estrella en la realidad.

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