* Fracturas internas, controversias de sus principales figuras y la creciente percepción de incumplimiento amenazan con convertirse en el mayor desafío político de Morena……
Por Karina A. Rocha Priego
Morena llegó al poder con la promesa de romper definitivamente con las viejas prácticas que durante décadas atribuyó a los gobiernos anteriores, ofreció combatir la corrupción, desterrar el influyentismo, eliminar el nepotismo y colocar la honestidad como eje de la vida pública, prometió que nunca más el poder serviría para proteger intereses particulares ni para privilegiar a grupos políticos, aseguró que la transformación sería profunda y que el país iniciaría una nueva etapa donde la transparencia sería la norma y la impunidad la excepción, ocho años después, el movimiento enfrenta un escenario incómodo, porque buena parte del desgaste que hoy acumula ya no proviene de la oposición, sino de sus propias decisiones, de sus disputas internas, de las controversias protagonizadas por algunos de sus dirigentes más visibles y de una percepción ciudadana que comienza a cuestionar si realmente existe una diferencia sustancial entre el discurso que llevó a Morena al poder y la forma en que hoy ejerce ese mismo poder.
Las grietas del movimiento
El partido que nació bajo la bandera de la unidad se ha convertido en un espacio donde conviven grupos políticos con intereses distintos, gobernadores enfrentados entre sí, legisladores que disputan posiciones, dirigentes nacionales que intentan mantener el control de un movimiento cada vez más complejo y liderazgos regionales que anticipan una intensa batalla rumbo a los próximos procesos electorales.
La discusión interna dejó de ser ideológica para convertirse, en muchos casos, en una disputa por candidaturas, cuotas de poder, estructuras territoriales y control político, mientras la dirigencia intenta contener conflictos que cada vez resultan más visibles y más difíciles de ocultar.
El crecimiento acelerado de Morena también produjo un fenómeno que hoy comienza a cobrar factura, la incorporación masiva de personajes provenientes de otros partidos terminó debilitando la identidad original del movimiento, porque muchos de quienes durante años fueron señalados como representantes del viejo régimen hoy ocupan posiciones relevantes bajo las siglas del partido que prometió combatir precisamente esas prácticas.
El desgaste de los liderazgos
A ese escenario se suman las controversias que han rodeado a figuras relevantes del movimiento, las críticas dirigidas al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, las polémicas que enfrenta la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, y los cuestionamientos políticos alrededor de Andrés Manuel López Beltrán han colocado a Morena a la defensiva en momentos donde el partido pretendía concentrar el debate en sus logros de gobierno.
Cada episodio obliga al movimiento a dedicar tiempo, recursos políticos y capital institucional a responder señalamientos, mientras los temas que originalmente buscaban impulsar quedan desplazados por la necesidad permanente de administrar crisis.
Aunque las responsabilidades jurídicas corresponden exclusivamente a las autoridades competentes y deben acreditarse mediante investigaciones, desde el punto de vista político el daño comienza mucho antes de que exista una resolución definitiva, porque la percepción pública suele construirse con la acumulación de controversias y no únicamente con las sentencias judiciales.
Promesas que siguen pendientes
La transformación prometida también enfrenta el juicio ciudadano en temas que continúan preocupando a millones de mexicanos.
La inseguridad sigue siendo una de las principales preocupaciones nacionales, la extorsión afecta a numerosas regiones, las desapariciones continúan representando una crisis humanitaria y la violencia vinculada al crimen organizado mantiene una presencia significativa en varias entidades del país.
El gobierno sostiene que diversos indicadores muestran avances y ha defendido su estrategia de seguridad, sin embargo, para una parte importante de la ciudadanía persiste la percepción de que la violencia continúa afectando la vida cotidiana y de que el Estado no ha logrado recuperar plenamente el control en varias regiones.
Cuando esa percepción se instala entre la población, cualquier controversia política adquiere una dimensión mucho mayor, porque el ciudadano termina relacionando los problemas de seguridad con la capacidad del gobierno para cumplir las promesas que hizo durante la campaña.
La narrativa bajo presión
Morena construyó gran parte de su fuerza política denunciando los excesos de gobiernos anteriores, por ello hoy enfrenta un estándar de exigencia considerablemente más alto.
Cada caso de presunto nepotismo, cada disputa interna, cada cuestionamiento sobre transparencia, cada conflicto entre grupos políticos y cada decisión controvertida alimentan el argumento de quienes sostienen que el movimiento corre el riesgo de parecerse a aquello que prometió sustituir.
El mayor desafío para un partido que hizo de la autoridad moral su principal bandera consiste precisamente en conservar esa credibilidad cuando ejerce el poder.
Gobernar exige mucho más que señalar errores del pasado, exige demostrar con hechos que las prácticas cuestionadas no serán repetidas bajo nuevas siglas.
El desgaste acumulado
Los gobiernos no suelen desgastarse por un solo escándalo, sino por la acumulación de episodios que terminan construyendo una narrativa difícil de revertir.
Cada polémica se suma a la anterior, cada conflicto fortalece la percepción de división interna y cada promesa incumplida alimenta el desencanto de ciudadanos que en 2018 apostaron por un cambio profundo en la forma de hacer política.
El problema para Morena no consiste únicamente en responder a las críticas de sus adversarios, sino en convencer a quienes depositaron su confianza en el proyecto de que los principios fundacionales continúan vigentes.
El juicio ciudadano
Las elecciones no sólo se ganan con programas sociales, mayorías legislativas o estructuras territoriales, también se sostienen con confianza pública.
Cuando un proyecto político comienza a acumular controversias, cuando sus liderazgos aparecen más asociados al conflicto que a los resultados, cuando las disputas internas ocupan más espacio que las soluciones a los problemas nacionales y cuando las promesas de cambio parecen diluirse entre luchas por el poder, el desgaste se vuelve inevitable.
Morena mantiene una posición política relevante y continúa siendo la principal fuerza electoral del país, pero enfrenta un desafío que ninguna estrategia de comunicación puede resolver por sí sola.
La ciudadanía terminará evaluando no únicamente el discurso con el que llegó al poder, sino la distancia entre aquellas promesas de transformación y los resultados que percibe en su vida cotidiana, porque el verdadero adversario de cualquier movimiento político no siempre se encuentra enfrente, con frecuencia comienza a construirse desde adentro, cuando las expectativas generadas superan los resultados obtenidos y cuando la confianza empieza a erosionarse más rápido de lo que puede reconstruirse.


