Por Karina A. Rocha Priego
La carrera por las 17 gubernaturas que estarán en disputa en 2027 apenas comienza, pero en Morena ya parece haberse desatado una batalla sin reglas claras, donde las ambiciones personales avanzan más rápido que los principios que alguna vez presumió el movimiento; lo que debería ser un proceso de consolidación política se ha convertido en una competencia anticipada entre decenas de aspirantes que buscan posicionarse antes de que la ciudadanía siquiera conozca las propuestas que pretenden defender.
Más de medio centenar de figuras morenistas han comenzado a mover estructuras, recorrer territorios, multiplicar entrevistas y saturar redes sociales, aunque oficialmente, nadie está en campaña, pero en los hechos todos lo están, mientras la dirigencia nacional parece incapaz de contener una disputa que amenaza con convertirse en una guerra interna.
El fin del discurso antinepotismo
Uno de los mayores desafíos para Morena será demostrar que las nuevas reglas contra el nepotismo no son únicamente un discurso para consumo mediático. Durante años, el partido construyó buena parte de su narrativa denunciando las prácticas de los viejos grupos políticos que heredaban cargos, posiciones y candidaturas entre familiares y aliados.
Sin embargo, la realidad muestra que numerosos actores cercanos al poder buscan mantener el control político a través de esposas, hijos, hermanos o colaboradores incondicionales. La prohibición del nepotismo ha generado tensiones porque amenaza proyectos personales construidos durante años bajo la lógica de la sucesión familiar.
La pregunta es inevitable: ¿Morena está dispuesto a aplicar las reglas incluso cuando afecten a sus propios grupos dominantes?.
Las encuestas, bajo sospecha
Otro foco de conflicto son las encuestas, el mecanismo que Morena ha convertido en su principal herramienta para definir candidaturas. Aunque se presentan como ejercicios democráticos, cada proceso termina acompañado por inconformidades, acusaciones de opacidad y señalamientos sobre posibles manipulaciones.
Los aspirantes aceptan las encuestas únicamente cuando los favorecen, cuando los resultados son adversos, aparecen las denuncias, las filtraciones y los reclamos contra la dirigencia nacional. La historia reciente demuestra que este método, lejos de resolver diferencias, suele profundizar fracturas internas.
Mientras tanto, la ciudadanía observa cómo la discusión gira alrededor de candidaturas, grupos y cuotas de poder, no de soluciones a la inseguridad, el crecimiento económico o la crisis de servicios públicos. Morena corre el riesgo de repetir los mismos vicios que durante décadas atribuyó a sus adversarios.
La verdadera prueba para el partido no será ganar en 2027, sino demostrar que todavía puede actuar diferente a aquello que prometió combatir.
En Edomex, sucesión sin rumbo
A poco más de un año del arranque formal del proceso electoral de 2027, la política mexiquense comienza a mostrar una de sus peores caras, la de los grupos que pelean por el poder mientras los problemas reales de la población permanecen sin solución.
La sucesión en el Estado de México se ha convertido en una competencia prematura donde abundan las ambiciones personales, las campañas disfrazadas y los movimientos subterráneos que poco tienen que ver con el interés ciudadano.
Morena, partido que gobierna la entidad, enfrenta una paradoja que amenaza con convertirse en su principal problema, pues mientras presume unidad y transformación, al interior diversos grupos ya libran una disputa silenciosa por la candidatura a la gubernatura; funcionarios, legisladores, alcaldes y operadores políticos han comenzado a construir estructuras, posicionar nombres y promover proyectos personales bajo el argumento de fortalecer al movimiento.
Del otro lado, el PAN tampoco logra escapar de sus viejos fantasmas, pues lejos de consolidar una oposición competitiva, el partido parece atrapado en disputas internas, intereses particulares y liderazgos que privilegian sus aspiraciones por encima de una estrategia seria para recuperar terreno político.
Morena y la guerra de las tribus
La principal amenaza para Morena no proviene de la oposición, sino de sus propias divisiones; la historia demuestra que, cuando un partido concentra demasiado poder, las disputas internas terminan siendo más feroces que cualquier confrontación externa.
Hoy existen grupos que responden a liderazgos nacionales, corrientes vinculadas al gobierno estatal y estructuras municipales que buscan influir en la definición de candidaturas.
Todos hablan de unidad, pero cada movimiento revela una lucha por espacios, presupuestos y posiciones futuras.
La utilización de programas, eventos públicos y promoción mediática para construir plataformas personales comienza a generar molestias entre militantes y simpatizantes y el riesgo es evidente: que la sucesión se convierta en una batalla de egos que desgaste anticipadamente al partido gobernante y abra espacios para sus adversarios.
PAN: entre resistencia y supervivencia
La situación del PAN tampoco es alentadora, ya que después de perder la gubernatura en 2023, el partido aún no logra definir un liderazgo capaz de reconstruir una oposición sólida en el Estado de México.
Las diferencias entre grupos internos, las disputas por el control partidista y los proyectos personales han impedido construir una narrativa alternativa que conecte con los ciudadanos. Mientras Morena discute quién heredará el poder, Acción Nacional parece concentrado en decidir quién controla los restos de una estructura debilitada.
La sucesión de 2027 corre el riesgo de convertirse en una competencia entre élites políticas desconectadas de la realidad.
Mientras tanto, los mexiquenses enfrentan problemas de inseguridad, movilidad, agua, servicios públicos y desarrollo económico, pero la conversación de los partidos gira alrededor de candidaturas, encuestas y acuerdos de grupo.
Si algo ha quedado claro en esta etapa temprana de la contienda, es que muchos políticos ya están pensando en la próxima gubernatura, aunque pocos parecen preocupados por gobernar el presente y esa es, quizá, la señal más preocupante para el futuro político del Estado de México.


