EDOMEX

Prevalece alta percepción de inseguridad en Edomex

Por Mireya Álvarez

Ecatepec retrata el fracaso en seguridad urbana

La percepción de inseguridad en México no solo persiste, se profundiza y se normaliza, seis de cada diez habitantes de zonas urbanas consideran que vivir en su ciudad implica un riesgo constante, según la más reciente medición del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, una cifra que, lejos de sorprender, confirma el desgaste de una estrategia de seguridad que no logra contener el temor ni devolver la confianza a la ciudadanía.

Ecatepec, símbolo del abandono

En este escenario, Ecatepec vuelve a colocarse como uno de los puntos más críticos del país, con un 87.6 por ciento de su población que afirma sentirse insegura, lo que lo ubica entre los municipios más peligrosos en percepción, solo por debajo de ciudades donde el miedo supera el 90 por ciento, un dato que no es aislado, sino el reflejo de años de deterioro institucional, ausencia de resultados sostenidos y una narrativa oficial que insiste en matizar cifras mientras la realidad se impone en las calles.

Lo preocupante no es únicamente el número, sino lo que representa, una comunidad que vive bajo la expectativa permanente de ser víctima de un delito, donde el miedo se convierte en parte de la rutina diaria y donde la autoridad parece incapaz de revertir esa sensación, pese a operativos, discursos y anuncios reiterados.

Espacios públicos, territorios de riesgo

El informe revela que los espacios cotidianos se han transformado en zonas de alerta, los cajeros automáticos en la vía pública encabezan la lista de los lugares donde la ciudadanía se siente más vulnerable, seguidos por calles, transporte público y carreteras, todos con niveles de percepción superiores al 60 por ciento, lo que evidencia que el problema no está focalizado, sino extendido en prácticamente todos los entornos urbanos.

Esta situación exhibe una falla estructural en la prevención del delito, donde la vigilancia no alcanza, la coordinación es insuficiente y la respuesta institucional llega tarde o no llega, mientras la ciudadanía ajusta su comportamiento, modifica rutinas y limita su movilidad, en una especie de autocontención forzada ante la ausencia de garantías reales de seguridad.

Edomex, crisis extendida

El Estado de México no escapa a esta realidad, Cuautitlán Izcalli reporta que más de ocho de cada diez habitantes viven con temor, Naucalpan y Toluca se acercan peligrosamente a ese mismo nivel, configurando un mapa de inseguridad donde el miedo no distingue zonas ni condiciones sociales, sino que se instala como una constante en la vida urbana.

La gravedad radica en que estas cifras se repiten medición tras medición, sin cambios sustanciales que indiquen una mejora estructural, lo que pone en entredicho la efectividad de las estrategias implementadas, así como la capacidad de las instituciones para responder a una problemática que no solo es delictiva, sino también social, económica y política.

Expectativas en deterioro

A este panorama se suma un elemento aún más preocupante, la percepción a futuro, más de una cuarta parte de los ciudadanos considera que la inseguridad empeorará en los próximos meses, mientras que solo una minoría mantiene expectativas de mejora, lo que refleja un desgaste profundo en la confianza hacia las autoridades y sus políticas públicas.

El dato no es menor, porque revela que el problema ha trascendido el presente para instalarse en la expectativa colectiva, generando un círculo de desconfianza que dificulta cualquier intento de recuperación institucional, donde cada anuncio oficial es recibido con escepticismo y cada estrategia es evaluada a partir de resultados que no llegan.

Además, cerca del 40 por ciento de los adultos reporta haber tenido algún tipo de conflicto en el último año, ya sea con vecinos, familiares, compañeros de trabajo o incluso con autoridades, lo que evidencia un tejido social tensionado, donde la violencia no solo se expresa en delitos, sino en la convivencia cotidiana, en la desconfianza y en la ruptura de vínculos comunitarios.

La suma de estos factores configura un escenario crítico, donde la inseguridad no es solo una estadística, sino una experiencia compartida que atraviesa todos los ámbitos de la vida, desde lo público hasta lo privado, desde la calle hasta el hogar.

En este contexto, resulta insuficiente seguir apostando por medidas reactivas o discursos optimistas, cuando la percepción ciudadana evidencia un problema más profundo, estructural y persistente, que requiere no solo acciones inmediatas, sino una transformación real en la forma en que se concibe, ejecuta y evalúa la política de seguridad en el país, porque mientras las cifras oficiales intentan contener la narrativa, el miedo continúa avanzando, silencioso pero constante, en cada rincón de las ciudades mexicanas.

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