CAMBIANDO DE TEMA

Sheinbaum comienza a cortar el cordón

Por Karina A. Rocha Priego

La herencia que Sheinbaum ya no quiere cargar

Durante demasiado tiempo se insistió en que Claudia Sheinbaum gobernaría inevitablemente bajo la sombra de Andrés Manuel López Obrador, obligada a defender personajes, decisiones y compromisos construidos durante el sexenio anterior, pero el episodio protagonizado por Rubén Rocha Moya puede convertirse en una señal de que esa etapa comienza a agotarse.

No necesariamente porque exista una ruptura con López Obrador, mucho menos porque Sheinbaum pretenda renunciar al proyecto político que la llevó a Palacio Nacional (¿proyecto o fraude?), sino porque gobernar obliga tarde o temprano a distinguir entre lealtad y lastre.

Y Rocha se convirtió precisamente en eso: un lastre demasiado pesado.

El gobernador sinaloense regresó al cargo después de 112 días de licencia, pese al enorme desgaste provocado por las acusaciones formuladas en Estados Unidos y por la crisis política que arrastra Sinaloa, volvió asegurando tener la frente limpia y prácticamente anunció que retomaría las riendas del gobierno, duró alrededor de 34 horas, después volvió a solicitar licencia por tiempo indefinido.

Lo verdaderamente significativo ocurrió después, cuando Sheinbaum abandonó cualquier lenguaje diplomático para señalar que el regreso de Rocha “no me parecía pertinente, por decir lo menos”, además de considerar que su nueva separación era lo mejor para Sinaloa.

Aquello sonó menos a recomendación y más a sentencia política.

Una herencia cada vez más pesada
Rocha Moya durante años recibió respaldo político desde el poder federal, López Obrador lo defendió cuando comenzaron los cuestionamientos alrededor de su gobierno y Sheinbaum también mantuvo durante meses una posición cautelosa frente a las acusaciones.

Pero una cosa es defender el debido proceso y otra cargar indefinidamente con personajes capaces de convertir sus problemas personales en crisis para todo un movimiento.

Las acusaciones estadounidenses contra Rocha y otros funcionarios sinaloenses detonaron precisamente ese escenario, la Fiscalía estadounidense ha formulado señalamientos relacionados con presunta colaboración con estructuras criminales, acusaciones que deberán probarse ante los tribunales y frente a las cuales Rocha sostiene su inocencia. Políticamente, sin embargo, el daño ya está hecho.

Sheinbaum enfrenta ahora una realidad incómoda: los personajes que fueron útiles para construir el poder pueden convertirse en obstáculos para conservarlo y ahí comienza el verdadero dilema presidencial porque, gobernar mirando permanentemente hacia atrás puede terminar hipotecando el futuro.

Rocha quiso regresar y encontró otra Presidencia

El error de Rocha probablemente fue creer que podía regresar como si nada hubiera ocurrido; quizá pensó que las antiguas solidaridades continuarían funcionando, que Morena cerraría filas nuevamente y que Palacio Nacional evitaría confrontarlo pero encontró algo distinto.

Encontró una presidenta dispuesta públicamente a decir que su regreso no era pertinente.

No fue necesario exigirle directamente la renuncia, bastaron unas horas para que la presión política hiciera insostenible aquella reincorporación y Rocha volviera a retirarse. Él sostiene que tomó la decisión pensando en Sinaloa y Sheinbaum niega haber intervenido directamente. La diferencia parece pequeña, pero políticamente es enorme.

Sheinbaum comenzó a marcar territorio

La posterior designación de Graciela Domínguez Nava como gobernadora interina tampoco termina de limpiar el escenario, porque fue secretaria de Educación durante la administración de Rocha y su elección ocurrió después de confrontaciones internas dentro de Morena sinaloense.

Cambió el gobernador, pero todavía está por verse cuánto cambiará realmente el poder.

El problema no termina en Sinaloa

Por eso sería un error leer este episodio exclusivamente como una crisis estatal.

La pregunta importante es cuántas decisiones similares tendrá que tomar Sheinbaum.

Cada escándalo relacionado con personajes importantes de Morena obliga a Palacio Nacional a escoger entre proteger la unidad del movimiento o proteger la credibilidad presidencial y hasta ahora ambas cosas habían podido convivir, sin embargo, estarán de acuerdo en que cada vez será más difícil. Los costos políticos heredados no desaparecen por disciplina partidista, solamente se acumulan.

Sheinbaum necesita llegar a 2027 con candidatos competitivos, gobiernos defendibles y un partido que no obligue diariamente a la Presidencia a explicar conductas ajenas, de hecho, esta misma semana pidió que los perfiles de Morena rumbo a las elecciones sean honestos, reconocidos y sin vínculos con delincuencia o corrupción. O sea, algo un tanto difícil de encontrar entre los morenistas, sin consideramos que, desde la administración de López Obrador, todos esos señalamientos que pretenden “borrar”, son “marca registrada” de Morena y sus morenistas.

Sin embargo, la declaración adquiere otra dimensión después de Sinaloa.

Cortar el cordón sin romper con López Obrador

La presidenta enfrenta una operación políticamente delicadísima; debe construir autoridad propia sin presentarse como enemiga de quien la antecedió, conservar el respaldo del obradorismo sin convertirse en rehén de todos los personajes surgidos bajo su protección y defender la continuidad del proyecto sin asumir automáticamente cada factura pendiente y eso explica por qué Rocha resulta tan importante, pues puede convertirse en el precedente.

No significa que Sheinbaum haya roto con López Obrador, afirmarlo sería apresurado, pero sí demuestra que “la lealtad política empieza a encontrar límites cuando amenaza la estabilidad del gobierno”. Ello, probablemente, será cada vez con mayor frecuencia.

El poder presidencial no se hereda completamente, se construye.

Sheinbaum recibió votos, estructura, partido y una gigantesca fuerza política, pero también recibió compromisos, personajes incómodos y problemas acumulados.

Durante meses pudo administrar esa herencia, hoy comienza la etapa en que deberá decidir qué conserva y qué desecha y Rocha puede haber sido apenas el primero.

Y, estarán de acuerdo, llegará un momento en que Claudia Sheinbaum tendrá que escoger entre seguir cargando las maletas políticas del pasado o gobernar verdaderamente con las suyas y todo indica que ¡ya comenzó a cortar el cordón!, ahora hay que esperar ¡hasta donde le permiten llegar!

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