Por Karina A. Rocha Priego
El pasado 26 de julio, el Gobierno Federal organizó un despliegue mediático, logístico y presupuestal para conmemorar el supuesto 700 aniversario de la fundación de Tenochtitlán, un acto que, además de históricamente impreciso -pues la fecha real de esta efeméride es el 13 de marzo-, resultó ser un monumento al derroche, la simulación y el desprecio por la pobreza que carcome a millones de mexicanos.
En plena crisis social y económica, cuando México alcanza niveles alarmantes de pobreza extrema, el gobierno decidió montar un espectáculo costoso, innecesario y profundamente insultante.
La Cuarta Transformación, aquella que prometió erradicar la miseria, se ha convertido en su principal reproductora; recordemos que la 4T nació bajo la bandera de justicia social, pero hoy es un régimen de opulencia disfrazada de humildad, de populismo barato y cínico, mientras millones de mexicanos no tienen para comer, el Estado organiza fiestas históricas desfasadas para quedar bien con invitados internacionales, para alimentar el ego de sus líderes y para distraer al pueblo con luces y danzas, mientras le niegan medicinas, empleo y futuro.
¿Cómo justificar semejante despilfarro cuando el país está en ruinas? ¿Cómo mirar a la cara a los pueblos originarios, a los más pobres, a los olvidados, mientras se invierten millones en una conmemoración que ni siquiera respeta la cronología real?.
El 13 de marzo, fecha aceptada por arqueólogos e historiadores serios como la verdadera fundación de Tenochtitlán, fue ignorado olímpicamente para acomodar un evento a la narrativa oficialista, esa que fabrica su propia versión de la historia según convenga a la propaganda del momento.
Y mientras los reflectores iluminaban el evento gubernamental, moría un niño por desnutrición en la sierra de Guerrero; una madre sin recursos lloraba a su hijo víctima de la violencia en Zacatecas; un anciano esperaba su cita médica en una clínica sin doctores en Oaxaca.
¿Cuántos millones costó esta “celebración”? ¿Cuántas becas se pudieron entregar? ¿Cuántos hospitales se pudieron abastecer? ¿Cuántas viviendas se pudieron rehabilitar?. El gobierno no lo dirá, porque prefiere alimentar su espectáculo que atender la emergencia nacional.
Además, es un hecho que el evento del 700 aniversario no fue para el pueblo, sino para la élite morenista, esa que hoy vive como los ricos que antes criticaba, esos servidores públicos que presumen “austeridad republicana”, pero se pasean por Europa, se hospedan en los mejores hoteles, viajan en primera clase y comen en restaurantes de lujo.
Lo peor: lo hacen con descaro, como si se lo merecieran, como si nadie fuera a notarlo, para luego regresar a fingir pobreza, a pararse frente a las cámaras con cara de “jodidos”, vistiendo ropa sencilla sólo para la foto, mientras su realidad es otra, una de privilegios que pagamos todos.
Más cínicos, imposible
Estos mismos funcionarios que hoy viven como potentados, ayer ni sabían usar zapatos de marca y hoy caminan sobre alfombras rojas, pero se burlan del pueblo que los puso ahí, se disfrazan de humildes para manipular al verdadero jodido, al que se le da una despensa o un vale de gas a cambio de silencio, de voto, de obediencia.
Así han convertido la política social en una herramienta de control, no de justicia, y así perpetúan la miseria, porque un pueblo con hambre no reclama, sólo sobrevive.
La gran promesa de la 4T era acabar con la pobreza, pero la realidad es que la han recrudecido, pues hoy hay más pobres, más violencia, más abandono.
El Coneval, hoy el INEGI, lo confirma: millones más han caído en la pobreza extrema, en especial después de la pandemia, sin que el gobierno diseñara una estrategia real para contrarrestarlo.
¿Qué hizo la 4T? Entregar dinero a manos llenas sin generar empleos dignos, sin fortalecer las instituciones, sin garantizar derechos, o sea: pan para hoy, miseria para mañana.
Mientras tanto, los dirigentes bailan sobre las ruinas, literalmente. El festejo del 26 de julio fue una coreografía para distraer, para entretener, para vender la idea de que aquí no pasa nada, pero sí pasa.
Pasa que no hay medicinas para niños con cáncer, que desaparecen mujeres todos los días, que los hospitales están vacíos, que el salario mínimo no alcanza, que millones se debaten entre la desesperanza y el exilio pero eso, queridos lectores, claro que no lo van a contar entre luces prehispánicas ni en discursos grandilocuentes.
¿Dónde quedaron las promesas de la Cuarta Transformación? ¡En la basura! En el mismo basurero donde enterraron la honestidad, la congruencia y el compromiso con el pueblo, mientras tanto, hoy gobiernan los mismos que juraron ser diferentes, pero que se comportan como los peores del pasado.
El evento de Tenochtitlán es sólo un ejemplo más de cómo se malgasta el dinero público mientras se margina al pueblo.
Así que no nos vengan con cuentos de identidad y orgullo histórico, toda vez que no se puede honrar a Tenochtitlán traicionando a su pueblo; no se puede hablar de grandeza ancestral cuando se gobierna con mezquindad.
México no necesita festejos manipulados ni eventos para la foto, necesita justicia, igualdad, verdad y respeto y eso, queridos lectores, esta administración no lo ha dado… ni lo dará.


