Por Karina A. Rocha Priego
La explicación de Morena en el Estado de México sobre el drástico descenso en el ritmo de afiliación durante el primer semestre de 2026 resulta conveniente, pero insuficiente. Según su secretario general, Jesús Adán Gordo, el partido simplemente decidió bajar la velocidad para concentrarse en la instalación de comités seccionales, las asambleas territoriales y la reorganización interna; en otras palabras, la prioridad dejó de ser sumar militantes para fortalecer la estructura.
La versión oficial busca transmitir la imagen de un partido disciplinado que administra sus tiempos políticos, sin embargo, detrás de ese discurso también existe otra lectura: la maquinaria de afiliación que en 2025 operó con intensidad extraordinaria difícilmente podía sostener el mismo ritmo de manera indefinida.
Lo excepcional fue el año pasado; lo que hoy ocurre parece mucho más cercano a una normalización después de una campaña masiva impulsada desde el poder.
Del crecimiento explosivo al frenazo
Los números son elocuentes, Morena pasó de un millón 910 mil afiliados en enero a un millón 976 mil en julio, es decir, apenas sumó poco menos de 67 mil nuevos registros en seis meses, esto comparado con el millón y medio de afiliaciones que presume haber incorporado durante 2025, el contraste es abrumador y no se trata únicamente de una desaceleración; es prácticamente un frenazo.
Desde luego, ningún partido puede crecer indefinidamente al mismo ritmo, toda estrategia de expansión encuentra un punto de saturación, pero la pregunta no es si era posible mantener aquellas cifras, sino por qué Morena intenta presentar esta caída como una simple decisión administrativa, cuando también puede reflejar que el universo de ciudadanos fácilmente movilizables ya fue prácticamente agotado.
Números también cuentan otra historia
Más aun cuando hablamos del Estado de México, la entidad electoral más grande del país y el principal bastión político del movimiento.
Si uno de cada seis militantes nacionales pertenece al territorio mexiquense, resulta evidente que la organización ya captó una parte enorme de su mercado político, el margen para seguir creciendo naturalmente comienza a reducirse.
Existe además otro aspecto que rara vez aparece en el discurso oficial: afiliar no significa necesariamente convencer, un padrón gigantesco no equivale automáticamente a una militancia activa, comprometida o ideológicamente identificada con un proyecto político.
En numerosos procesos de afiliación masiva realizados por distintos partidos en América Latina, los registros terminan convirtiéndose en simples bases de datos electorales cuya participación efectiva es considerablemente menor.
Afiliar no es convencer
La propia dirigencia de Morena parece reconocer implícitamente esa realidad cuando ahora coloca el énfasis en organizar comités seccionales y fortalecer la vida interna y si casi dos millones de personas ya forman parte del padrón, el siguiente desafío consiste precisamente en evitar que esa enorme cifra sea únicamente un dato estadístico.
También conviene observar el contexto político; Morena gobierna prácticamente todos los espacios de poder en el Estado de México: la gubernatura, buena parte de los municipios y mantiene una presencia dominante en el Congreso local y cuando un partido concentra semejante nivel de poder institucional, la afiliación deja de ser únicamente un ejercicio de simpatía ideológica y puede convertirse en un mecanismo de cercanía con el gobierno, acceso a redes territoriales o expectativas de participación política futura.
El poder también infla los padrones
Por ello resulta indispensable distinguir entre militancia auténtica y afiliación incentivada por las circunstancias del poder. La diferencia puede parecer menor mientras los triunfos electorales continúan, pero suele hacerse evidente cuando aparecen conflictos internos, procesos de selección de candidatos o cambios en el ánimo ciudadano.
La dirigencia estatal insiste en que la afiliación continúa “de manera paulatina” y esta es una expresión cuidadosamente elegida porque intenta sustituir la idea de desaceleración por la de estabilidad. Sin embargo, los datos disponibles muestran algo distinto: el crecimiento pasó de ser explosivo a ser marginal y no, no se trata de un juicio político; es una descripción matemática.
¿Militancia o base de datos?
Tampoco deja de llamar la atención que Morena celebre estar cerca de los dos millones de afiliados sin que exista un debate público igual de intenso sobre la calidad de esos registros, la actualización permanente del padrón, la verificación de la voluntad de los militantes o los mecanismos internos de participación democrática y, estarán de acuerdo en que un padrón enorme también exige transparencia proporcional.
La historia política mexicana ofrece suficientes antecedentes de partidos que presumían millones de afiliados mientras su vida interna era escasa o controlada por reducidos grupos dirigentes.
Morena prometió desde su nacimiento romper precisamente con esas prácticas y su verdadero reto no consiste únicamente en superar récords numéricos, sino demostrar que esos millones representan ciudadanos activos y no simples nombres acumulados durante campañas de afiliación.
La prueba está en la participación
En realidad, la explicación de Jesús Adán Gordo probablemente contiene una parte de verdad, es lógico que una organización dedique tiempo a consolidar sus estructuras después de un crecimiento acelerado, sin embargo, lo cuestionable es presentar esa razón como la única explicación posible. También existen señales de agotamiento natural, de saturación territorial y de disminución en la capacidad de incorporar nuevos simpatizantes con la velocidad que antes presumían.
La política suele enamorarse de las cifras espectaculares pues, hablar de dos millones de afiliados impresiona, 12 millones a nivel nacional parecen consolidar una fuerza imbatible, pero los números, por sí solos, no sustituyen la participación política efectiva, ni garantizan cohesión interna ni aseguran victorias futuras.
Porque, al final, los partidos no se fortalecen únicamente cuando llenan formularios de afiliación, sino cuando esos ciudadanos participan, deliberan, cuestionan a sus dirigentes y mantienen viva la organización, incluso cuando el entusiasmo electoral disminuye y, ahí, estará la verdadera prueba para Morena.
Mientras tanto, justificar un desplome en el ritmo de afiliación como si fuera simplemente una pausa estratégica puede funcionar como narrativa institucional, pero también puede ocultar una realidad menos cómoda: incluso las maquinarias políticas más exitosas terminan encontrando los límites de su capacidad de expansión.


