* Denuncian devastación en Área Natural Protegida……
* Instan a autoridades estatales a cumplir con su responsabilidad jurídica y política para defender los bosques mexiquenses……
Por Mireya Álvarez
La tala clandestina y el desmonte ilegal volvieron a exhibir la fragilidad con la que se encuentran protegidos los bosques del Estado de México, una crisis ambiental que durante años ha sido denunciada por comunidades, activistas y especialistas, pero que continúa avanzando entre omisiones oficiales, intereses económicos y una vigilancia ambiental incapaz de contener la destrucción de áreas naturales protegidas, ahora el foco se encuentra en el Ejido Santiago Analco Segunda Sección, en el municipio de Lerma, donde habitantes documentaron el ingreso de maquinaria pesada y la devastación progresiva de una zona forestal considerada estratégica para el equilibrio ecológico de la región.
El diputado priista Mariano Cama cho San Martín lanzó una denuncia pública que no solo evidenció la gravedad del problema, también dejó al descubierto la incapacidad institucional para proteger uno de los patrimonios ambientales más importantes del Valle de Toluca, una situación que, lejos de ser aislada, refleja el deterioro constante de los mecanismos de vigilancia y protección ambiental en territorio mexiquense.
Devastación dentro de un santuario protegido
Lo más alarmante del caso es que la destrucción denunciada ocurre dentro del Parque Estatal Santuario del Agua y Forestal Subcuenca Tributaria Río San Lorenzo, un espacio natural protegido bajo estrictos lineamientos ambientales, cuya función es preservar zonas forestales fundamentales para la captación de agua y la estabilidad ecológica de la región.
Pese a ello, habitantes del lugar denunciaron movimientos de tierra, extracción de material pétreo y eliminación de cobertura forestal sin autorizaciones ambientales ni permisos de cambio de uso de suelo, hechos que, de confirmarse plenamente, representarían violaciones directas a la legislación ambiental federal y estatal.
Mientras los discursos oficiales presumen compromiso ecológico y anuncian campañas de reforestación para tomarse la fotografía, en distintas regiones del Estado de México continúan desapareciendo hectáreas de bosque bajo la mirada pasiva de autoridades que suelen reaccionar únicamente cuando el daño ya es irreversible, una dinámica que ha convertido a múltiples áreas protegidas en territorios vulnerables frente a intereses inmobiliarios, explotación ilegal de recursos y redes de tala clandestina que operan con notable impunidad.
“Estamos frente a una violación directa a las leyes ambientales federales y estatales”, advirtió Mariano Camacho, quien sostuvo que la devastación podría provocar daños irreversibles para el ecosistema de la zona.
Autoridades ausentes y reacción tardía
La denuncia también exhibe otra realidad incómoda, la lentitud con la que normalmente actúan las dependencias encargadas de proteger el medio ambiente en el Estado de México, donde los procedimientos administrativos suelen avanzar más despacio que las motosierras y las excavadoras.
Aunque la bancada del PRI exigió la intervención de la SEMARNAT, la PROFEPA, la PROPAEM, la Secre taría estatal del Medio Ambiente y el ayuntamiento de Lerma, la realidad es que múltiples denuncias ambientales en la entidad terminan atrapadas entre burocracia, procesos interminables y acciones que llegan demasiado tarde.
El legislador planteó medidas urgen tes como inspecciones oculares, levantamiento de actas, suspensión inmediata de actividades, clausura del predio y apertura de expedientes administrativos, además de sanciones económicas severas y reforestación obligatoria.
Sin embargo, detrás de cada bosque devastado existe una pregunta que las autoridades rara vez responden con claridad, cómo fue posible que maquinaria pesada ingresara, operara y avanzara dentro de un área protegida sin que ninguna autoridad detectara o frenara oportunamente las actividades ilegales.
El agua también está en riesgo
La destrucción forestal no solo implica pérdida de árboles, también representa una amenaza directa para la recarga de mantos acuíferos y el suministro de agua en una entidad que atraviesa una de las peores crisis hídricas de los últimos años.
La zona afectada forma parte de un santuario natural vinculado a la captación y conservación del agua, por lo que la eliminación de cobertura vegetal incrementa riesgos de erosión, deslaves y reducción en la infiltración hídrica, problemas que terminan afectando a miles de familias mexiquenses.
Resulta contradictorio que mientras el Estado de México enfrenta sequías, disminución de niveles en presas y conflictos por distribución de agua, continúen permitiéndose agresiones ambientales en regiones estratégicas para la conservación hídrica.
La devastación de bosques mexiquenses ya no puede verse únicamente como un delito ambiental, también representa un problema de seguridad hídrica y de supervivencia para comunidades enteras que dependen de esos ecosistemas.
Bosques convertidos en tierra de nadie
El caso de Santiago Analco refleja un problema estructural mucho más profundo, la creciente sensación de abandono en amplias zonas forestales del Estado de México, donde comunidades denuncian tala ilegal, invasiones y explotación irregular mientras las autoridades aparecen únicamente para colocar sellos cuando el daño ya fue consumado.
Mariano Camacho sostuvo que “proteger el medio ambiente no es un acto de buena voluntad, es una obligación constitucional”, además de advertir que lo construido fuera de la ley no debe subsistir.
El problema es que durante años los bosques mexiquenses han sido víctimas de una mezcla peligrosa entre corrupción, omisión y falta de vigilancia real, condiciones que han permitido que áreas naturales protegidas pierdan hectáreas enteras sin consecuencias ejemplares para los responsables.
Hoy, la denuncia en Lerma vuelve a colocar sobre la mesa una realidad incómoda para el Estado de México, la protección ambiental sigue siendo débil, reactiva y profundamente insuficiente frente a intereses que avanzan más rápido que la propia autoridad.


